jueves, 9 de agosto de 2018

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


XIX Domingo del Tiempo Ordinario - Año B               Jn 6,41-51


Se dice que los judíos murmuraban (Jn 6,41) pero suena extraño porque estamos en Cafarnaúm y allí viven los Galileos. Juan quiere señalar de inmediato que se refiere a aquellos que de alguna manera pertenecen al núcleo duro de la tradición y del régimen religioso, que es, de hecho, el que resiste a Cristo.
El término “murmuran” es el mismo que en la versión de los LXX es usado para expresar la rebelión del pueblo contra Moisés (Ex 16,2) y que más que quejarse, se traduce mejor como criticar que registra la ira y la oposición de quienes lo escuchan al decir que Él es el pan que desciende del cielo. En la tradición judía, en la escuela de los escribas, el pan que desciende del cielo era la Torá y ahora Jesús viene a decir que este pan es Él.  La Torá es para la vida de los hombres, por esto tantas veces leemos, comí el libro, devoré el libro, se come la palabra, como, por ejemplo: “Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón” (Jer 15,16).  Ahora Cristo se identifica a sí mismo con este pan y dice que desciende del cielo. Y está claro que surja la objeción del versículo 42: “Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: «Yo he bajado del cielo»?” Aquí aparece claramente la dificultad de una mentalidad del orden de la naturaleza, que no logra comprender la mentalidad del orden del Espíritu, que es la comunión, que es la filiación o sea lo que expresa la Persona divina que es la relación con el Padre y no la simple y aislada naturaleza humana.
El problema es la divino humanidad de Cristo, la filiación. La ley es un peso porque es intocable, es de Dios por lo tanto algo sagrado identificado con la autoridad.  Cristo, en cambio, parte de una relación como el único “lugar” en el que se lo conoce a Él. Y se lo reconoce porque se es “atraído por el Padre” (Jn 6,44).  El término “atraído” pertenece al mundo del amor, es del lenguaje amoroso y Juan sólo lo usa en otra ocasión cuando dice: “y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». (Jn 12,32).  Es este amor que atrae el don (Cfr. Jer 31,3; Os 2,16).  El Padre que atrae se contrapone a la autoridad de la ley.  Cristo hace ver un Dios que es Padre, que dona y se dona.  Él es este don que ha bajado del cielo porque el Padre lo ha mandado. Por lo tanto, no se conoce Cristo sin el Padre y no se conoce al Padre sin el Hijo. “«Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre». (Jn 8,19). El conocimiento es la relación de amor.  Fuera de esta relación todo se vuelve problemático, por eso se quejan, critican y no aceptan.  No se colma el abismo cumpliendo la Ley.  El Padre es el que llena la distancia donando a su Hijo que en la encarnación ha asumido toda la humanidad y ha superado el abismo abriendo para el hombre la participación en la vida divina.  Es la persona de Cristo que establece con nosotros lo que le Padre realiza con él.  (cf. Jn 6, 39-40.44). No se trata de hacer algo para volver a Dios sino de acoger a Aquel que el Padre ha enviado y acogerlo a Él que es el pan de la Vida. (Cfr. Jn 6,48). No pan para la vida, sino pan de la vida y cuando lo repite (Cfr. Jn 6,51), en griego cambia el término, así que tendría que traducirse como pan que da la vida, pan viviente, pan que vivifica, pan que está vivo, es vida. Se come entonces un pan vivificante, el pan que es la vida y aquel que lo come asimila la vida del Viviente, la vida como Amor y vive de esta vida. No se usa aquí el término “soma”, cuerpo, como en la última cena, sino que se dice que quien come mi carne, es decir su realidad humana. Toda su realidad humana que tienen delante de los ojos es este alimento, es esta vida, llamada “zoé” que es la vida filial, la vida de Dios.
Está claro que, si entendemos la Eucaristía sólo como una “cosa” sagrada, una presencia de Dios localizada, delante de la cual nos encontramos, y nos ponemos en una actitud religiosa, es un reduccionismo que empobrece terriblemente el Sacramento y toda nuestra vida espiritual y eclesial crecen y se realizan justamente en la Eucaristía.
Cabasilas es insuperable cuando dice que “nos convertimos en carne de la carne y sangre de su sangre”. O sea, su verdadera vida. Pero esto supone una visión trinitaria donde la vida de Dios no es una energía sino es la comunión del Hijo y del Padre en el Espíritu Santo. Nosotros estamos acostumbrados que el alimento nutre el cuerpo, pero la vida divina que es amor, se nutre con el amor.  Cristo nutre, se transforma en este pan y este pan es don. “cuando sea levantado” cuando se entrega en sacrificio.  El cuerpo asume, la vida divina se dona.  El cuerpo para vivir tiene que asumir, pero la vida divina se nutre donándose, llegando a ser don.  Es un pasaje notable y esto es la Eucaristía. De aquí resulta la unidad de las dos mesas, de la Eucaristía y la caridad.  Porque no se puede comer la Eucaristía sin transformarse, si no es transformándose en lo que se come.  Se llega a ser parte de su humanidad reconciliada con el Padre en el Hijo, se entra en la comunión de su Cuerpo. Se conoce al Padre como hijos entretejidos en el Cuerpo del Hijo junto a los hermanos y hermanas. Se conoce al Padre como Iglesia, como comunión de personas.
P. Marko Ivan Rupnik



lunes, 6 de agosto de 2018

Transfiguración del Señor

La transfiguración                                        Mt 17,1-9  

Este episodio se coloca seis días después del anuncio de la Pasión que Jesús hace a los apóstoles en camino con él hacia Cesarea de Filipo.
Jesús toma a Pedro Santiago y Juan, los mismos tres que se reencontrarán en Getsemaní y los lleva al monte, el monte es lugar de la revelación de Dios, donde Dios se comunica, se da a conocer, donde Dios se hace cercano.  Los lleva al monte para que adquieran una mirada diferente, la mirada de Dios sobre las cosas, sobre la historia, sobre los acontecimientos.  Muchos Padres de la Iglesia dicen que la Transfiguración consiste sólo en el cambio que se da en la mirada de los apóstoles, a Cristo no le ha sucedido nada, son los apóstoles que empiezan a ver el rostro del Señor como era verdaderamente.
Moisés y Elías son dos personajes que a su vez habían subido al monte, habían vivido una intimidad con Dios, uno representa la Ley que mira a Cristo en quien será llevada a la plenitud, el otro es la profecía que Jesús realizará en la historia.
Transfiguración según el sentido etimológico significa ver más allá de las formas, más allá de la figura, ir más allá, una mirada que penetra, que logra ver a través de. Nuestra cultura con el paso del tiempo ha empequeñecido el significado a un cambio de forma, pero es mucho más que esto.  Cristo no ha cambiado ninguna forma.  La cuestión es la de la luz, es lo que físicamente se describe en el texto, es transfigurado y su rostro brilló y sus vestidos eran cándidos como la luz.
Nuestra opacidad, nuestra falta de luz es el cuerpo, este velo que el pecado ha vuelto opaco, clavado en el yo, es necesario que vuelva a ser transparente y haga aparecer lo que es la verdad de la persona.
 La cuestión es ver con la luz justa, por eso Pedro puede decir que es hermoso quedarse allí, aunque no haya entendido mucho, ha intuido que es bello.  Y la belleza significa este ver dentro de una cosa otra más profunda y más hermosa
Esto es lo que Cristo quiere decir a los apóstoles, mirar más allá justamente cuando verán la carne de Jesús martirizada, afligida, burlada, Ver que Él hace esto por amor al Padre, que detrás está el rostro del Padre, está la filiación, Cristo sobre el monte aparece vestido de la filiación y los apóstoles logran por un instante verlo como Hijo, que era lo que siempre sucedía con Jesús al subir al monto a orar.
Se necesita verdaderamente una mirada en el Espíritu, ser lavado en el Espíritu para que nuestros ojos puedan ver verdaderamente. 
Nosotros somos un poco víctimas de la convicción de que la perfección individual es la perfección de las formas. Pero eso no sirve si no hay una luz nueva que pasa a través de las obras buenas, “Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras obras y alaben al Padre que está en los cielos”
La Transfiguración, es vivir con todo lo que somos nuestra filiación, este es el sentido, capaces de ver más allá, de ver transparentes las cosas opacas, capaces de cambiar la mirada centrada en el yo. 
¿Cuándo un cristiano es maduro? Cuando encuentra Cristo en todo, cuando ve que Cristo es el centro de todo y en Cristo se abre al Padre en un horizonte sin límites.
No nos sirve buscar continuamente cómo cambiar nuestra vida, cómo estar bien, Nos sirve, en cambio, tener una mirada que se da cuenta que ahí donde estamos o cómo esta situación es el lugar ideal para vivir como hijos.
La fiesta de la transfiguración nos ha de ayudar a quitar la mirada de nuestras cosas opacas, de lo que me quiere clavar sobre algo que me cierra en mi yo, y poder vislumbrar y recibir a través de mi fragilidad y de mis heridas, cómo hay otra luz que me llega, una luz que no es de este mundo, sino que es la relación del Padre y del Hijo que es el AMOR y que en ella puedo vivir yo mi filiación                                               
Marko I Rupnik





jueves, 2 de agosto de 2018

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario


XVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Año B     Jn 6,24-35
El signo del pan que hemos visto el pasado domingo ha sido mal entendido, no ha sido comprendido.
La gente busca a Jesús, pero el verbo que usa Juan es un buscar que siempre encierra una connotación de mal, de alguien que busca una cosa para sus propios fines, o sea sabiendo de antemano qué busca y queriendo encontrar lo que busca. De manera que en el fondo quiere decir no buscar nunca verdaderamente a Jesús, así como Él quiere revelarse y ser encontrado. Este término se usa también en el relato de María Magdalena en Jun 20,15 donde María quisiera retenerlo y es usado entre otras tres veces en Juan 10,39 donde las autoridades quieren prender a Jesús para matarlo.
En todo el Evangelio de Juan esta búsqueda de Cristo tiene una connotación de ambigüedad, de algo que no termina bien. Por eso dice: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6,26). O sea, no me buscáis por lo que habéis entendido a través de este signo que yo soy sino porque queréis que yo repita los signos. Os habéis saciado y queréis continuar del mismo modo.  Cristo realizó el signo para que ellos pudieran comenzar a entender que la verdadera vida nace en la relación con Él, pero ellos continuaron a leer ese signo sólo dentro del horizonte de las necesidades de la naturaleza humana.
Cristo sale al encuentro del hombre buscando hacerse comprender como alimento, como vida, como comida y nosotros lo buscamos para una utilidad social, política, económica, cultural y por último religiosa, que se expresa en esta sed de satisfacer un sentimiento religioso que lo reduce a un objeto de culto. Partiendo de lo que Él es una realidad vital, personal y comunional (de relación) se transforma en algo externo fuera de nosotros. Y, por lo tanto, no puede cambiar la vida, no se transforma en comunión, no puede transfigurar las relaciones.
Él dice: “Yo soy el Pan de Vida” (Jn 6,35), y esta es “zoë”, es la vida filial, la vida divina, no “bios” que es la vida de la carne.  El paso de lo exterior al interior es muy complicado porque aun queriendo orientarse hacia Dios se ve que no se lo pueda hacer con las propias fuerzas, de hecho, para ser hijos es necesario que alguien te engendre. A Nicodemo Cristo dice que se necesita nacer de lo alto (Cfr. Jn 3,5).
De alguna manera Parece que Cristo mismo los tiente con las palabras “Trabajen, no por el alimento perecedero” (Jn 6,27).  Usa un verbo que tiene la misma raíz de la palabra obra, trabajo, que podría entenderse algo que se ha de hacer, algo que les toque a ellos, pero en el Antiguo Testamento es un término que pertenece sólo a Dios y que siempre está en relación con su obra creadora, excepto en Ex 19,8 y Ex 32,16 donde se dice que tenemos que cumplir la obra de Dios que son las tablas de la Ley.  Por eso cuando preguntan qué obra de Dios tenemos que hacer y qué tenemos que cumplir para hacer la obra de Dios ponen en evidencia la mentalidad de quien espera simplemente una nueva ley o por lo menos algunas cosas nuevas para hacer y que se puedan cumplir.
La diferencia es muy grande, Cristo los ha encaminado sobre esta vía para hacerles entender que ya no es una cuestión externa que sea cumplir algo, sino que Él es la vida filial, que Él es el alimento de esta vida y que esta es la obra de Dios, tanto esto es verdad que al final se comienza a entrever que “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6,44) y que “Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6).
Este es un paso decisivo, ya no es que uno se acerque a Dios porque hará algo, sino es Dios que en Cristo se ha acercado tanto que se ha hecho vida para los hombres y alimento para esa vida de manera que esta vida pueda ser verdaderamente dinámica, activa y mover a todo el hombre siempre más íntegramente hacia la paternidad, hacia la vida del Hijo, conociendo al Padre. Este es el alimento.
Lo central está exactamente en pasar de una religión externa a una vida que se da y que se recibe y que es una vida filial, de comunión, que el hombre no puede crear con nada y que no puede ser sustituida con un culto, con un objeto de culto, sino que es lo central de la vida en su interior.  Ningún acercamiento abstracto, ideológico o moralista llega al corazón de la cuestión espiritual.  La mentalidad según el horizonte de la naturaleza humana nunca llega a abarcar la totalidad de la persona. Solamente lo que por medio del Espíritu Santo se abre al hombre en relación a Cristo que es el Hijo, sólo así se abarca el misterio de toda la persona la cual se nutre de la humanidad vivida por el Hijo de Dios que es Cristo. Todas las necesidades que nosotros podemos experimentar a partir de nuestra realidad humana encuentran el alimento apropiado en esta vida filial que Cristo nos ofrece. Si en cambio buscamos responder a estas necesidades a partir de nosotros mismos, aún en nombre de ciertas prácticas religiosas o de razonamientos bien hechos, nos quedamos en nosotros mismos y creyendo que estamos buscando a Jesús no salimos de nosotros mismos y no acogemos lo que verdaderamente nutre al hombre porque lo abre a la acción de Dios. Porque el mismo alimento es el acoger esta vida en el Hijo.
P. Marko Ivan Rupnik




jueves, 26 de julio de 2018

XVII Domingo del Tiempo Durante el Año


XVII Domingo del Tiempo Ordinario - Año B           

Del evangelio de Marcos se pasa con la liturgia de hoy durante cuatro domingos al evangelio de Juan.  El marco de este episodio es la Pascua de los judíos (Cfr. Jn 6,4). Jesús pasa a la otra orilla, no se precisa de cuál orilla se trata, ni cómo pasa sino sólo que lo sigue una gran multitud.  Estos dos hechos nos remiten ciertamente al éxodo de Moisés y al pueblo que lo sigue. Aquí el pueblo está siguiendo al verdadero Mesías viendo los signos que Él hacía como el curar enfermos y este Mesías adquiere inmediatamente una dimensión definitiva en el relato, dimensión divina porque viene a la otra orilla, a otro mundo, sobre el monte.  Él se sienta con los doce, que es la misma imagen que en Mateo nos da Cristo mismo revelando el cumplimiento escatológico (Mt 19,28) en una visión escatológica de una liberación plena, donde se llega a un mundo definitivo en el cual Cristo toma posesión del poder y del juicio (Cfr. Ap 4, 9.11; 5, 13; 7, 12;14,7), además la escena escatológica se dibuja teniendo como fondo el cordero pascual (Cfr. Ap 5, 7-9; 20, 12). Por lo tanto, queda claro que el éxodo que ahora se realiza por Cristo es el paso a la salvación definitiva.
Cristo, antes de su obra sobre el pan, comienza a provocar y verificar algo en los discípulos. El término que encontramos es de hecho el mismo que aparece cuando del diablo tienta a Cristo o cuando los escribas lo provocan porque quieren ponerlo a prueba, si razonaba bien y si estaba observando todas las leyes.  “Comprar” es la palabra que resume la tentación que Cristo pone delante de los discípulos porque esta es la lógica humana, comprar, vender, tener, poseer.
Cristo está como tentando a los discípulos para verificar de qué mentalidad son, con qué mentalidad lo siguen, porque este es el punto, aún si se está con Cristo, si se camina sobre sus huellas, puede permanecer la mentalidad antigua, la del mundo, la del hombre viejo.  Los llamó para que estuviesen con Él para que pudieran adquirir la mentalidad de los hijos, para pensar según Dios y no según los hombres (Cfr. Mc 8,33).
Él sabe que para los discípulos no es nada simple renacer a una mentalidad nueva, no es nada fácil renovar su modo de pensar a partir de Cristo. Come después precisará muy bien San Pablo justamente basándose sobre su propia experiencia. (Cfr. Rom 12,2; Ef 4, 23).
La liberación que Cristo ha traído, el paso, el éxodo, no lo comprendemos si antes no nos liberamos de la mentalidad que tenemos dentro.  Esta mentalidad vieja está firmemente basada sobre nuestra naturaleza y por lo tanto está arraigado en el miedo por nosotros mismos.  La fuente de la mentalidad del hombre viejo es el miedo a la muerte, y el deseo de salvarse a uno mismo, de asegurarse uno mismo, por esto reacciona según las necesidades de nuestra naturaleza. Lo más lejano a esa mentalidad es la vida como comunión.
El evangelista también enfatiza que el evento ocurre en un lugar de tanta hierba verde, lo que recuerda enseguida los pastos verdes donde él prepara una mesa (Cfr. Sl 23,5: Sl 78,19), refiriéndose a la vida y la abundancia (cf. Is 25, 6), es decir, al eschaton.
El término “háganlos recostar” (Jn 6,10) es el mismo que se usaba para las comidas solemnes de los días de fiesta, como la Pascua, para la cual se permanecía recostados, porque se estaba libre, se era amo.  Esta costumbre la encontramos también entre los Griegos y los Romanos. Se podía recostar sólo quien tenía un siervo, de otro modo se permanecía sentado o de pie. Se está recostado si uno tenía quien le pudiera servir.
Para poder cambiar la relación hacia los bienes de la creación y por lo tanto para poder influir efectivamente en las injusticias que dominan el mundo hay que llegar a ser libre de uno mismo. Hay que acoger a Cristo que nos hace libres. Hasta cuando tenemos miedo por nuestra suerte nada cambiará en el mundo porque al fin de cuentas el hombre buscará siempre salvarse a sí mismo acumulando las cosas para sí.  Justamente como en el primer éxodo: “Cuando el Faraón ya estaba cerca, los israelitas levantaron los ojos y, al ver que los egipcios avanzaban detrás de ellos, se llenaron de pánico e invocaron a gritos al Señor” (Ex 14,10).  De hecho, Moisés tenía que liberar antes al pueblo del miedo, ya que de otro modo habrían atravesado el Mar Rojo como esclavos.
Los discípulos, por lo tanto, son llamados a hacer que la gente se sienta liberada, salvada y entonces su relación hacia los bienes de este mundo será una relación de un compartir que tendrá sin embargo que pasar por Cristo en persona.
Además, nos sorprende una imagen muy fuerte que el Señor realiza como primera cosa, antes de tocar el pan, nos hace sentir amos, señores, Él es el Siervo, Él es el que sirve. Hace ver que ha venido para servir (Cfr. 10, 45; Jn 13, 4-5). Se abre esta dimensión de servicio y de señorío juntamente.  Él se hace siervo para que el hombre pueda adquirir la señoría que ha perdido.  Sólo en el evangelio de Juan se pone en evidencia este hecho que es Él y no son los discípulos que toma el pan, hace la oración y los distribuye.  No se trata de una multiplicación sino de una distribución de los panes.
Se abre aquí un importante paréntesis espiritual, no se trata de distribuir nuestros bienes para resolver el problema del hambre en el mundo, de la desigualdad. No es posible. La cuestión se resuelve cunado los bienes de esta tierra pasan a través de las manos de Cristo.  Cuando la creación vuelve a Cristo como nuestra ofrenda.  Este jovencito ha hecho una ofrenda a Dios y no a otro, en las manos de Cristo el mundo, lo creado, los bienes de esta tierra vuelven a ser lo que eran según la visión de Dios. Y entonces vuelven a nuestras manos con una calidad y una cantidad distinta, porque se da un cambio, porque esta es la purificación del mundo, de la materia. Aquí la tierra es liberada de la posesión que es usada con el pecado y con la pasión. Por esto nuestras manos se han de vaciar. No simplemente porque dan a alguien, sino porque lo dan a Cristo.
Es aquí que se abre, en este episodio, la dimensión eucarística que nos acompañará en los próximos domingos en el discurso de Cristo.  En el sacramento la materia de lo creado vuelve a ser según los designios de Dios, el alimento que nos nutre, la comunión con Dios, la unión de unos con otros, nuestro problema es que en vez de hacer este paso y acoger el alimento nuevo, nosotros buscamos traer a Dios a este mundo para darnos el alimento de este mundo y no el alimento para el mundo nuevo, para los cielos nuevos y la tierra nueva.
P. Marko Ivan Rupnik

sábado, 21 de julio de 2018

XVI Domingo del Tiempo Ordinario


XVI Domingo del Tiempo Ordinario - Año B                   Mc 6,30-34

Los apóstoles acaban de llegar de la misión, pero evidentemente “todo lo que han hecho y lo que han enseñado” (Mc 6,30) no basta. Hay un error de fondo.  Cristo, de hecho, no los ha mandado para enseñar.
Dos términos nos ayudan a delinear los contornos de la cuestión “predicaron y enseñaron”.  Cuando Cristo había llamado a los apóstoles, constituyó Doce para que estuviesen con Él y también para enviarlos a predicar (Mc 3,14). El punto esencial permanece, el estar con Él del cual nace también el modo, hacerse acoger para apoyarse en la acogida de los otros. Sobre esta acogida se coloca el predicar para lo cual los ha constituido al inicio, es la preparación del terreno sobre el que cae la palabra, o sea el acontecimiento Cristo, el Reino de los Cielos por lo tanto está aquí.  Esto subyace en la predicación, pero ciertamente en el sexto capítulo de Marcos todavía es prematuro porque carece exactamente de la experiencia fundacional de la pascua, de hecho, cuando Cristo comienza a programar, no llegan a aceptar, un camino de salvación así provoca rechazo (Cfr. Mc 8,14-21.31-33). Por lo tanto, no pueden predicar de ninguna manera porque los que les falta es este estar con Él, les falta en ellos mismos la acogida de la verdadera experiencia de Cristo como Mesías.  Entonces, se vuelva fácil enseñar, pero la enseñanza que no se funda en Cristo y no nace de su Pascua es engañosa.  Se presta a la ideología, al moralismo.
El término enseñar está usado unas veinte veces en el Evangelio de Marcos y solamente aquí se refiere a los apóstoles, una de las veces es una citación de Isaías (Cf Mt 15,9), sino que pertenece exclusivamente a Cristo, enseñar significaba dar una lección con los textos del Antiguo Testamento y esto sólo lo podía hacer Cristo porque la clave de lectura es él mismo, de esta manera sólo Él podía hacer ver cómo entender en clave mesiánica los textos del Hijo de Dios. Esto todavía los apóstoles no han entendido y por lo tanto es probable que su enseñanza siguiese la manera equivocada de enseñar de los escribas con alguna categoría de su religión.  De hecho, después de este capítulo se inserta la cuestión de Herodes que primero se asombra de lo que dice Juan Bautista y lo escucha de buena gana y después lo hace ejecutar.  En las enseñanzas de los apóstoles emergen dos categorías que no funcionan:
la cuestión del Reino, que Herodes ve en peligro y por lo tanto tiene miedo y
la cuestión de la salvación que no se basa en la demostración de la potencia de un Dios fuerte y terrible como ellos esperan todavía
Cristo no se corresponde en absoluto con estas expectativas y, por lo tanto, en este " Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco» (Mc6,31) se hace visible la necesidad de explicarles lo que no han entendido, como también sucede en otras ocasiones (Cfr. Mc 4,34). Aquí está unido al “descansar un poco” que es la invitación a estar en la presencia de Dios, en comunión con Él (Cfr. Ex 33). “Sólo en Dios descansa mi alma” (Sl 62,5).  El descanso abre una dimensión estable, definitiva del hombre, de modo que en la carta a los Hebreos se revela abiertamente esta dimensión escatológica de entrar en su descanso, “en mi descanso” (Heb 3,11; 4,3,4,5)
Es así que este texto nos interroga fuertemente.  Los apóstoles llegan de la misión muy ocupados, con una gran actividad que reúne una multitud de personas.  “Eran muchos, de hecho, los que iban y venían…”  Y sin embargo para Cristo toda esa gente aparece como un rebaño sin pastor” (Cfr. Mc 6,34; Num 27,17; Ez 34,8).
Cristo les quiere hacer ver que primero tienen necesidad de adquirir una cierta estabilidad, una unión definitiva, una relación con la presencia del Señor en medio de nosotros, justamente porque los ha constituido para que “estuviesen con Él” y no para ponerse en un camino sin salida La primera lectura del profeta Jeremías, distinta sin embargo similar al texto más conocido de Ezequiel, es de advertencia en este sentido.
También lo es para la Iglesia hoy, tan llena de enseñanzas, pero quizás no sea capaz de enfocar a Cristo en su justa luz y significado que muchas veces resulta falseado y desenfocado. Con dificultad se hace surgir una vida nueva que es el amor de Dios que se revela en su Hijo, la misericordia.  La prevalencia de enfoques filosóficos, racionalistas y jurídicos se apoyan sobre lo que tenemos que hacer, sobre el precepto y tantas otras cosas, pero no se manifiesta la vida recibida, sino las viejas categorías y justamente es a estas que Cristo definitivamente ha cambiado o más aún, eliminado (Cfr. Mc 2, 18-22; 7,1-13).
Saber descansar significa saber permanecer en una relación estable, definitiva de la unión con Dios, apoyarse sobre una relación fundante de donde surge la verdad de la vida que se vive, recuperando lo que es esencial para no ser también nosotros como aquellos pastores que enseñan sin autorización, o sea sin relación con Aquel que el Salmo proclama como “mi pastor” (Cfr. Sl 23,1), que me guía hacia verdes praderas, me hace reposar, me lleva a aguas tranquilas y al fin me “prepara una mesa” (Sl 23,5). De hecho, en el Evangelio a continuación se encuentra la multiplicación de los panes.
La cuestión al final es la del alimento, o sea de la vida.  El Señor da el alimento para la vida que debemos vivir y para la cual no nos hace faltar nada “En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.” (Rom 8,29-30)
P. Marko Ivan Rupnik




viernes, 13 de julio de 2018

XV Domingo del Tiempo Ordinario


XV Domingo del Tiempo Ordinario - Año B                Mc 6,7-13


 
La misión como se presenta en este Capítulo 6 de Marcos tiene tales diferencias respecto a la misión del Capítulo 3 que hace pensar a muchos exégetas que algo no ha ido bien, los apóstoles enviados hicieron un gran esfuerzo para comprender en qué consistía esta misión.  La mayor dificultad para los apóstoles fue, ciertamente, abrazar el alcance universal del mensaje mesiánico de Cristo.

Esta vez Cristo no dice ni de ir a predicar, ni de arrojar demonios, ni siquiera de sanar a los enfermos.  Ellos, de todos modos, van a realizar lo que se les había dicho la primera vez.  La cuestión está en el modo de hacer la misión, en este capítulo en realidad Cristo pone el acento sólo sobre el cómo ir en misión.
Llama a los Doce y después los manda.  Este “llamarlos” no quiere decir llamarlos físicamente cerca de Él, ya estaban en camino con Él.  Se trata de esa cercanía a Cristo donde podían ver y dejarse involucrar en ese modo en el cual Él ha llevado adelante la misión: ¡cuántas veces Cristo ha hecho explícito que Él es mandado por el Padre y que cumple lo que ve y oye del Padre!   Por lo tanto, se trata de llevar adelante la misión al modo de Cristo.  Ser llamados a la comunión con su Hijo (Cfr. 1 Cor 1,9).  Comienza a enviarlos y “les daba”, no “ha dado” sino “les daba” la autoridad, el poder sobre los espíritus impuros, esto no significa necesariamente que los tengan que arrojar porque la palabra usada (exousia) es la autoridad o la fuerza por la cual es espíritu impuro ya no puede tener influjo sobre ti, sino que eres tú que tienes un influjo sobre él. Les daba autoridad, por lo tanto, tenían que permanecer con Él.  A Él el Padre ha dado todo poder (Cfr. Mt 28,18).  Él los ha llamado, por lo tanto, los ha involucrado en esta corriente de amor entre el Padre y el Hijo. Y cualquier otra autoridad que la Iglesia se haya atribuido y se haya tomado a lo largo de la historia le ha hecho daño, ha negado su verdadera vocación.
La palabra “les ordenó” del versículo 8 es un término muy fuerte, muy pocas veces Cristo lo ha usado.  Los manda de dos en dos para que su testimonio sea creíble (Cfr. Dt 19,15) pero sobre todo porque se trata de dar testimonio de esta corriente de vida como amor entre el Padre y el Hijo. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Jn 13,35).  No existe la misión cristiana como individuo, en soledad, sino como persona, con un yo filial, comunional, entretejido en el Cuerpo de Cristo.
Pueden tomar sólo un bastón para el viaje (Cfr. Mc 6,8) para hacer ver que la misión es una obrar de Dios.  El bastón es el bastón de Moisés, a través del cual se revela la obra de Dios y no del hombre.  Ni alimento, ni alforjas porque así se recoge lo que la gente les da.  Sin ideologías o preceptos religiosos que impidan la acogida de lo que encontrarán en las casas.
Tampoco tiene que tener dinero en la cintura (Cfr. Mc 6,8) y esto es interesante porque para decir dinero se usa una palabra que significa cobre y son solamente esas monedas que llevan los pobres, ningún otro.  Con esto se quiere decir que no han de dar la impresión de ser mendigos, pobres que piden limosna.  Marcos escribe mirando a Roma donde la imagen de los vagabundos era la de esos sin sandalias, gente muy pobre o muy descuidada, que vagaba por todas partes.  Que no los confundan con estos porque no son mendigos por lo tanto no llevar alforja o bolsa es para estar abiertos a recibir lo que les den, pero lleven sandalias porque no son vagabundos.  No llevar dos túnicas (Mc 6,9) que es cosa de los ricos.
Cristo al precisar el modo de ir en misión de alguna manera no los presenta “diversos” sino inmersos en la categoría de la gente más numerosa, común, simple, de aquellos que en un pueblo son los más numerosos.  En este caso, no tener nada significa no tener nada sobre lo cual el apóstol pueda apoyarse y detenerse en el mismo sitio todo el tiempo, para no enorgullecerse diría San Pablo, sin entrar en círculos más importantes como normalmente sucede cuando uno empieza a familiarizarse con un sitio o personas. Cristo quisiera que los apóstoles se hicieran acoger. La misión se apoya por lo tanto en la apertura de la gente, lo que se ve realmente en la acogida.  Nosotros estamos acostumbrados a una misión como una obra de bien y de caridad, que comienza a ofrecer estructuras, llevar consigo un cierto nivel de bienestar.  Aquí Cristo no hace referencia a nada de esto.  Incluso no lo dice, en este contexto donde revela la manera de arrojar los demonios y de sanar enfermos que podría suscitar la gratitud y el sentirse obligado hacia los apóstoles.
Cristo desde el comienzo hasta el fin del evangelio pide acogida y la acogida que promueven los apóstoles hacia quienes confían en ellos y los hospedan es el primer paso para desbloquear lo que en el hombre está bloqueado por el pecado.  Acoger, relacionarse, compartir es el camino para activar en el hombre aquello que puede recibir el anuncio, de otro modo, no sirve.  Acoger quiere decir transformarse en el don recibido (Cfr. Gen 1,12), estar entre la gente sencilla, sin querer aparentar de alguna manera particular a partir del modo de vestirse, etc. Llegar y hacerse coger por la gente.  Esta manera de proceder los apóstoles sólo la entenderán más adelante, en los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan dicen: “No tenemos ni oro ni plata, pero te damos lo que tenemos, en el nombre de Cristo…” (Hech 3,6).
Hasta que nosotros tenemos nuestras cosas en las cuales confiamos no puede aparecer Cristo, hasta que nuestra existencia se basa sobre lo que se tiene y se posee no podemos hacer ver el verdadero fundamento de nuestra existencia que es Cristo. La descristianización fácil de Europa revela que mucha evangelización si basó sobre la obra del hombre, sobre la sabiduría humana y la fe no se basaba sobre el poder de Dios. (Cfr. 1 Cor 2,5).
Por lo tanto, su “orden” de cómo debe cumplirse la misión es para que aparezca aquel que tiene surgir y su vida en nosotros. Se nos ordena también de no forzar las cosas, de no imponerse, de no bajar a los típicos modos de las religiones que terminan haciendo proselitismo de diversas maneras y con distintos modos de proceder, se les dice de irse a otras partes.  Cristo se refiere a una antigua costumbre practicada por los judíos cada vez que regresaban del territorio pagano, es decir, sacudir el polvo de las sandalias.
P. Marko Ivan Rupnik


viernes, 6 de julio de 2018


XIV Domingo del Tiempo Ordinario - Año B               Mc 6,1-6


En el evangelio de hoy encontramos a Cristo que vuelve a Nazaret, más bien Marcos dice “en su patria” (Mc 1,6), casi como extendiendo Nazaret a toda la nación y a todo su pueblo.  El sábado entra en la sinagoga y se pone a enseñar, como ya había hecho (Cfr. Mc 1,21) pero es sólo a través del evangelista Lucas que sabemos el contenido, sólo él dice qué enseña Cristo, qué dice.
Lo que dice asombra fuertemente a los que lo escuchan.  Cuando Cristo ha hablado por la primera vez ha provocado una fuerte reacción del demonio, de ese espíritu inmundo que permanecía dentro de un hombre que estaba allí en la sinagoga. Ahora la reacción vehemente viene directamente de los que escuchan y es más grave porque estamos ya en el sexto capítulo de Marcos.  Cristo ya ha entrado en el país de los paganos, ya ha comenzado la liberación del mal también entre los paganos, o sea también del hombre como tal, no sólo del hombre religioso que pertenecía a la antigua alianza.  En el territorio de Israel ha curado la hemorroisa y reanimado a la hija de Jairo, episodios que enganchados simbólicamente al número 12 nos recuerdan el pueblo de Israel y por lo tanto parece hasta lógico que Marcos quiera extender la realidad de la sinagoga a todo el pueblo.
En este pasaje encontramos a Jesús entre sus compatriotas y se da un rechazo.  Es una situación que se resiste a la venida del Mesías.  Cristo no es ni aceptado ni tenido en cuenta como Aquel que es enviado por el Padre para la salvación de los hombres y manda sobre la religión, la institución religiosa de la sinagoga que mantiene al pueblo en un régimen religioso de esquemas y doctrina que bloquea y castiga cualquier acercamiento a Cristo.  La palabra de Cristo los golpea, esto es lo que realmente sucede y se manifiesta como estupor, y los golpea de manera negativa.  Se podría decir incluso que los hiere, los pone en estado de shock. Sin embargo, prevalece en ellos un horizonte del orden de la naturaleza como diría Berdjaev, o sea el de la sangre, de la parentela, del pueblo donde se vivía y donde se crean, por lo tanto, algunas categorías sobre los otros que pretenden ser exhaustivas, que pretenden conocer al otro.
Que Cristo diga que en Él se está cumpliendo la espera los turba, que en Él se está cumpliendo la promesa de Dios, que él sea el enviado, lleno del Espíritu, que es sobre Él que desciende el Espíritu del Señor y lo consagra como Mesías, como Salvador. Es todo lo que los capítulos anteriores nos han mostrado simplemente como obvio pero que no puede entrar en los esquemas teológicos de los escribas y de los que los siguen. Porque a lo largo de los siglos la espera ha creado una imaginación grandiosa de la restauración del Reino de David y ahora, justamente en Nazaret, en la zona conflictiva de la descendencia de David, Cristo está rompiendo este esquema fundado sobre criterios de este mundo, sobre el poder del mundo. Lo escandaliza aceptar que el tiempo mesiánico y la salvación vendrá de una manera tan simple, cotidiana, tan de feria y a través de un trabajador, un carpintero.
Pero el evangelio insiste justamente en que la fe, acogida de una vida nueva, se realiza en lo cotidiano, lejos de las dinámicas religiosamente humanas que se basan sobre la fuerza y el poder. La fe transfigura cualquier día en fiesta, en el cumplimiento, la religión busca, en cambio, las cosas extraordinarias que justifican nuestro esfuerzo.
Este rechazo le pesa a Cristo, pero Él sabe que “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa” (Mc 6,4). En realidad “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. (Jn 1,11).
Los suyos son seguramente los más cercanos, los de su pueblo, su gente. Pero no se llega a ver que él realice una nueva unión entre los hombres, no ya fundada sobre la sangre de los progenitores, sino que será parentela de su misma sangre, como afirma Cabasilas en su teología sobre la eucaristía.  Será la filiación que cumple la voluntad del Padre el nuevo principio de la unidad de la humanidad (cfr. Mc 3,35). Pero en este rechazo aún hay más, se refiere a la humanidad misma: viene como hombre, como Hijo de Dios y no es aceptado justamente porque ha venido como hombre, hombre como nosotros mientras nosotros esperábamos y queríamos algo especial.
Se habla de Él desacreditándolo, Marcos pone de relieve que se preguntan si es el hijo de María (Cfr. Mc 6,3) mientras que, en toda la tradición, la identidad de la persona se transmite a través de la paternidad.  Están cerca de la verdad y no llegan a comprenderla.  Al indicarlo como hijo de María puede querer decir, por una parte, que lo que Él hace no es según su tradición, porque la paternidad habla de la continuidad de la tradición; por otra parte, el hecho de que no digan hijo de José enmascararía la acusación de interrumpir una tradición. Pero aún más fuertemente en este “hijo de María” podría esconderse una duda sobre la paternidad, que, si así fuera, revelaría aún más su “inconsciente” cercanía a la verdad porque de hecho Él no es hijo de José de la misma manera que es hijo de María.
Él es el Hijo del Padre y ello no logran entenderlo, están muy cerca, pero no llegan. Y esto nos habla de una gran verdad en el camino del cristiano.  El conocimiento, la visión depende de la vida en el Espíritu y no de nuestras consideraciones y conclusiones que pueden la mayoría de las veces basarse sobre una lectura racional según la naturaleza o incluso sobre la mentira o sobre la maldad.
Jesús no es aceptado, es rechazado, echado fuera y Él se asombra de su incredulidad.
Aquí se da el estupor, Él se asombra de que son incrédulos delante de una verdad que resulta evidente: “yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.” (Jn 14,11)
Pero no hay ninguna obra que pueda interrumpir la esclerosis religiosa, no hay palabra que pueda mover una terquedad que se hace expresión de la maldad del hombre que necesita redención, pero no la acoge, porque para ver el reino de Dios hay que renacer de lo alto, lo que ha nacido de la carne es carne y lo que ha nacido del Espíritu es Espíritu (Cfr. Jn 3, 1-13).  Hay que tener la vida del Espíritu, solamente la vida biológica no puede ir más allá de sí misma.  Hay que tener una vida que tenga una inteligencia relacional, que considere al otro, una mentalidad de la alianza.  De hecho, ya la historia del padre de la fe, Abraham, comienza con: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre…” (Gen 12,1).
P. Marko Ivan Rupnik