viernes, 22 de junio de 2018

Nacimiento de San Juan Bautista


Nacimiento de Juan Bautista        Año B                       Lc 1,57.66.80

El nacimiento de Juan Bautista es el inicio de una nueva época espiritual.  Nace aquel que es llamado para señalar al Mesías.  Zacarías, su padre, con su nombre ya indicaba que Dios se acuerda, su hijo, ya con el nombre indicará un Dios que da la gracia.  Inicia la época de la gracia.  Juan evangelista dice al comienzo de su Evangelio: “La ley se nos dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad por medio de Jesucristo” (Jn 1,17)
Zacarías estuvo encerrado en el silencio porque no había creído en la fidelidad de la Palabra de Dios.  La memoria ha sido superada por la duda. Sólo cuando escribió sobre la tablilla: “Juan es su nombre” se le suelta le lengua para alabar a Dios que crea y da la gracia.  De hecho, su hijo que nació debido a una clara intervención de Dios, cuando era visible que no podía ser obra del hombre, sino verdadero don de Dios, crecerá íntegramente con Cristo, don del Padre.
Juan mismo será un gesto que indicará a los hombres el Salvador.  Zacarías oficiaba en el templo como sacerdote de una alianza que ya será declarada anticuada, o sea próxima a desaparecer (Cfr. Hebr 8,13).  Su hijo señalará Aquel que será el sacerdote de un nuevo sacerdocio, el de la voluntad (Cfr. Hebr 10). Zacarías atendía un servicio que era un esbozo y una sombra de las realidades celestes (Cfr. Hebr 8,5) mientras su hijo ya se encuentra a sí mismo unido en una relación que hará visible el sentido de su misma existencia, manifestar a Cristo, el nuevo sumo sacerdote de la nueva alianza, la definitiva.
El nacimiento de Juan es una imagen extraordinaria de lo que consiste la existencia del hombre, su vocación.  Berdjiaev desarrolla una grandiosa visión de la persona como existencia dialógica, como respuesta a la llamada: Dios crea al hombre dirigiéndole la Palabra y el hombre encuentra el sentido de su existencia en responderle.  Esta visión la encontramos esbozada ya en San Gregorio Nacianceno.  Pero esta realización de la propia existencia como respuesta a Dios que es Padre se realiza sólo en Jesucristo, que es Hijo.  Nosotros solamente participamos de su humanidad cuando respondemos al Padre como hijos.
Juan hace ver que Dios llama ya desde el seno materno.  El sentido de nuestra existencia es señalar el Hijo, revelar el Hijo.  Juan el Bautista inmediatamente llega a ser la imagen del camino espiritual del hombre. Si pensamos que ya en el cuarto siglo en el desierto de Judea había diez mil monjes esto nos dice claramente que la fama de Juan había llegado a ser muy grande. Era más popular que la misma Madre de Jesús, pero es justamente con ella que el Bautista formará la pareja de la deesis in toda la iconografía cristiana. Los dos que han recibido la gracia necesaria para poder cumplir con su vocación. Ellos son como los prototipos de nuestra existencia y dan testimonio de que el conocimiento de Cristo, este reconocimiento de la venida de Cristo siempre encuentra un espacio donde la voz del Padre encuentra correspondencia en otras voces.  San Cirilo de Jerusalén dice que hay una larga lista de testigos de Cristo. “Da testimonio el Padre desde el cielo con respecto al Hijo, da testimonio el Espíritu Santo bajando como paloma, da testimonio el arcángel Gabriel que lleva el anuncio a María, da testimonio la Virgen Theotokos, da testimonio el bendito lugar del pesebre, da testimonio el Egipto que recibió al Señor siendo niño, da testimonio Simeón que lo recibió en sus brazos y también la profetisa Ana, que llevaba una vida ascética.  Da testimonio Juan el más grande de los profetas, entre los ríos da testimonio el río Jordán, entre los mares, el mar de Tiberíades…”
La lista de los hombres se prolonga con la lista también de los lugares, porque el cosmos da testimonio de la venida de Cristo porque con la encarnación se nos da la clave de lectura de todo lo que existe.  Esto es lo que Juan reconoce, revela desde el vientre de su madre y vive en sus años en el desierto.  En el encuentro de María con Isabel se reconocieron y han hablado los dos hombres interiores. Juan y Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios.  Juan fue guiado por la mano de Dios desde el seno materno porque “de verdad la mano del Señor estaba con él”.
P. Marko Ivan Rupnik
 

jueves, 14 de junio de 2018

Domingo XI Durante el Año


XI Domingo del Tiempo Ordinario       Año B                            Mc 4,26-34

Estamos de nuevo en el evangelio de Marcos, en el capítulo de las parábolas del Reino.  La parábola del Sembrador nos había abierto esta visión de la belleza donde como terreno bello se entiende el terreno que acoge la semilla, por esto la belleza se presenta como acogida de la vida del Hijo, de la filiación, del Logos que transfigura la humanidad en la humanidad del Hijo, o sea en la divino humanidad.
La resurrección, la vida de comunión está en el inicio de nuestra vida, no es la meta que hay que alcanzar.  Este es el Reino de Dios entre nosotros.  La creatividad está en vivir mi humanidad para que permanezca en el amor eterno, como epíclesis del Espíritu Santo para que hundiéndose en Cristo manifieste el Cuerpo de Cristo.
Es justamente sobre esta vertiente de la divino humanidad, o sea del Reino de Dios como transparencia de la vida de Cristo en nosotros y en lo creado que las dos pequeñas parábolas de hoy –de las cuales una se encuentra sólo en el Evangelio de Marcos- nos dan alguna luz, como dos faros que iluminan un único misterio, que es justamente el Reino de Dios.  La primer dice que el Reino de los cielos es “como el hombre que esparce la semilla” (Mc 4,26). Es interesante que este hombre no trabaja sobre la tierra misma, no está continuamente tratando de que salga el brote, por eso se dice que “la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo” (Mc 4,27).
La vida que está en la semilla se desarrolla y tiene dentro de sí, de modo intrínseco, todo lo que sucederá en su desarrollo, todas las etapas sucesivas hasta la madurez, hasta la cosecha.  Se trata de un crecimiento que se da solo o sea automáticamente la semilla crece y pasa de una etapa a la otra, tallo, grano en la espiga… todo esto acontece porque la semilla tiene dentro un código activo que impulsa el crecimiento.  Se trata sólo de la acogida, la tierra acoge y después la semilla germina.
La segunda parábola pone aún más en evidencia esto porque usa el ejemplo de la semilla de mostaza que es la más pequeña de las semillas de esta tierra, algo apenas perceptible que después crece como una gran planta, es un arbusto y sin embargo tiene ramas tan tupidas que los pájaros del cielo pueden posarse en ellas.  Cristo está subrayando justamente esta desproporción entre esta planta y una semilla tan pequeña, diciendo prácticamente que el Reino de los cielos tiene una fuerza dentro y a pesar de ser tan pequeño y aparentemente invisible, tiene una gran potencia.
La cosecha nos abre la imagen del juicio, es la imagen del paso, del eschaton, de la plena realización del Reino.
En la historia hay un ritmo, que se transforma en el ritmo de la historia porque es el hombre que se pone al día al ritmo de la Palabra que ha recibido y acogido.  Somos nosotros los que estamos invitados a sintonizarnos con el ritmo y las etapas del crecimiento.  Si somos tentados por la impaciencia y en la Biblia hay muchísimas imágenes de la impaciencia del hombre, típica reacción del pecador (Cfr. Ex 32) se termina por crear ídolos en lugar de Dios.  Esto, este deseo de hacer, de intervenir, de ser nosotros los que gestionamos saca nuestra mentalidad del ritmo del Reino, pone nuestros discursos en lugar de la Palabra y se convierte en obstáculo para este crecimiento, incluso hasta el punto de ponerlo en peligro en este deseo de que brote a toda costa, según nuestros modos y tiempos. Cristo, de alguna manera va más allá de la profecía de Ezequiel de la primera lectura.  Nos encontramos en Babilonia, en una depresión generalizada, el pueblo está exhausto. Y de este enorme cedro, antes de que se seque, se cortará una rama que se plantará en el monte y brotará un cedro magnífico, estupendo, alto, algo impresionante, se realizará el Reino de Israel.
Pero este no es el modo de razonar de Cristo.  La semilla que llegará a ser una planta digna de todo respeto y será un vegetal, estará dentro del huerto, no como algo que impresiona por su grandeza, sino que impresiona por la desproporción y no llama la atención por ser algo inmenso.
El cansancio del cristianismo muestra que la manera como nosotros hemos entendido el Reino no dio frutos.  Las parábolas de hoy hacen entender que también hay un arte. Después de la abundante siembra también hay un arte de dejar al hombre en la paz. De saber vivir en la amistad con este hombre justamente para acostumbrarlo al ritmo del Reino, que no es nuestro ritmo, que no puede llegar a ser fruto de nuestra imaginación, de cómo hacer antes y mejor, de cómo salvar, redimir, con qué eficacia y eficiencia y aumentando los números.
Es de otra manera que el Reino dicta el ritmo y pide ojos y oídos atentos para experimentarlo dentro de nosotros y para experimentarlo en el mundo, en las personas alrededor de nosotros. ¿Cuál es el ritmo de la Palabra? ¿Cuál es el ritmo del Reino? Lo que es mentalidad de la carne sigue siendo carne (Cfr. Jn 3,6) ¿Qué es del hombre viejo que como tal no puede entrar en el Reino? Muchas cosas parecen débiles, perdidas, se están quebrando, se derrumban, pero quizás nos dicen que tenemos que poner nuestra atención al brote que germina. “¿He aquí que hago algo nuevo, ahora brota, no se dan cuenta?” (Is 43,19).  El germinar se puede notar, este es el ritmo de la Iglesia.
Es muy diferente y ciertamente requiere discernimiento sobre qué sembramos. Porque nosotros sembramos nuestras filosofías, se sembramos nuestras ciencias, todo lo que en los últimos siglos hemos usado como evangelización junto co0n nuestras fuerzas y nuestro modo de pensar está claro que no crece nada y que los campos son áridos. Porque justamente falta la siembra. Falta la siembra de la Palabra. Falta la siembra de la semilla buena, de la semilla bella que es el Verbo, que es la vida del Hijo, que es la sabiduría divina.  Esto es lo que crece y esto es lo que el mundo espera, la semilla de una Palabra que es “teúrgica” y que es la dimensión imprescindible de todo anuncio y de toda evangelización. Precisamente porque es la siembra del Reino mismo y es el Reino el que determina la forma de proceder, nos obliga a permanecer en silencio y comenzar a escuchar.
P. Marko Ivan Rupnik



jueves, 7 de junio de 2018



X Domingo del Tiempo Ordinario - Año B                       Mc 3,20-35

El evangelio de hoy de Marcos sigue a la institución de los doce y el primer efecto frente a las multitudes que comenzaban a reunirse alrededor de Jesús se refiere a los que son llamados sus parientes, los cuales piensan que está “fuera de sí”.  Lo que Cristo ha comenzado a decir afecta fuertemente a los que lo escuchan y produce la reacción de los espíritus inmundos. La liberación del mal que Él ha iniciado no puede dejar de provocar al mal que reacciona hasta acusarlo de estar poseído por Belcebú (cfr. Mc 3,22). La blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada, dice Jesús (Cfr. Mc 3,29). En Pentecostés se cumplió la promesa del Padre y el don del Espíritu es la condición esencial para poder seguir a Jesús.  El que no está envuelto en esta venida empieza a razonar según términos puramente humanos. Quedarse sólo en el horizonte humano e incluso apelar a las fuerzas oscuras, tenebrosas, opuestas a Dios, en vez de acoger el don del Espíritu Santo que manifiesta y realiza en la humanidad del Hijo una existencia nueva, quiere decir blasfemar contra el Espíritu Santo. El no perdonar explica esta cerrazón en uno mismo y la esclavitud de esta nuestra limitada, naturaleza mortal.
Esto recuerda directamente el coloquio con Nicodemo: “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu” (Jn 3,6).  La lógica de la carne razona según causas y consecuencias y no logra superarse a sí misma, pero el Espíritu es libre y supera toda lógica carnal. Cristo mismo se enfrenta con este juicio humano solamente o sea según la carne. “Ustedes juzgan según la carne, yo no juzgo a nadie” (Jn 8,15). A partir del Espíritu Santo no es posible hacer un juicio sobre la persona según la carne porque el Espíritu nos libra de las ataduras de la carne y nos hace superar la dependencia que es sumisión a la naturaleza. “Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.” (2 Cor 5, 16-17).
No se trata de una contraposición dualista entre el cuerpo y el espíritu, no se trata de una reminiscencia gnóstica sino se trata de explicitar la manera en la cual la persona humana vive la propia humanidad, la propia naturaleza humana. El Espíritu Santo nos hace participar de ese modo divino, comunional, de amor que hace vivir la propia humanidad como expresión y realización de la propia existencia en el amor, en el don de sí a los otros. Este es también el camino de la vida porque de esta manera la naturaleza humana envuelta en el amor es injertada en la vida que permanece (Cfr. 1 Cor 13,8), caso contrario, hacer que el yo humano sea la expresión de las exigencias de la propia naturaleza significa destruirse porque la naturaleza humana no tiene en sí misma nada que pueda superar la muerte.  Esto lo puede recibir sólo del Señor que da la vida verdadera y vierte en nuestros corazones el amor de Dios Padre (Cfr. Rom 5,5) “Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán.” (Rom 8,13)
En el texto de hoy Cristo hace ver no solamente un nuevo principio de la unidad, sino que en su humanidad hace visible su plena realización. “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” (Mc 3,33). Sabemos muy bien qué fundamental era en la tradición del Antiguo Testamento el vínculo de la sangre, en cambio Cristo claramente declara su insuficiencia porque es un vínculo que no hace superar al hombre su trágico destino, o sea la muerte. Ya en el principio del libro del Éxodo encontramos como proceso de liberación el llamado a Abraham para desligarse de los vínculos de la naturaleza y comenzar a vivir su naturaleza humana según la vocación, según la voz que lo llama, o sea teniendo en cuenta a Dios. Se trata de comenzar a vivir la propia humanidad según la relación. “El Señor dijo a Abram: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré”. (Gen 12,1).  La vida según el Espíritu será por lo tanto la realización del hombre como misterio de la persona según la existencia de las Personas divinas, o sea según la comunión.
La Iglesia es el lugar y la expresión de esta realización del hombre como comunión de las personas.  Abraham tuvo que hacer un largo itinerario para llegar a comprender que estaba llamado a vivir la paternidad tan deseada por él en un nivel radicalmente nuevo, no ya sólo según la naturaleza sino según el Espíritu, o sea según Dios.  Lo bello de este pasaje consiste en el hecho de que la paternidad según el Espíritu no elimina la paternidad según la naturaleza, sino que la integra librándola de la esclavitud de la necesidad. Es la libertad que caracteriza la realización del hombre según el Espíritu.  Como en sus estudios lo hace notar muy bien Berdjaev, la libertad se encuentra y se descubre sólo en el amor porque es su dimensión constitutiva. La unión de las personas y la realización del hombre se da en el amor de Dios Padre.  El mal del mundo y también el príncipe de este mundo no pueden tener ningún poder sobre nosotros si nos dejamos guiar por el Espíritu que nos injerta en el Hijo en quien la voluntad del Padre no se cumple en una obediencia según la lógica humana sino en el amor: “Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado” (Gv 14,30-31).
P. Marko Ivan Rupnik

viernes, 1 de junio de 2018




Corpus Christi – Año B                                Mc 14,12-16.22-26

El Evangelio de hoy nos vuelve a colocar en el marco pascual. Estamos en el día de la preparación de la Pascua que después a la tarde será el primer día de los panes ácimos. La fiesta de los ácimos y la fiesta de la Pascua con el paso del tiempo de alguna manera se han superpuesto, indicando la misma realidad del paso, de la liberación. Los “ácimos” son el pan de la aflicción y de la esclavitud, pero también son el pan de la verdad, de la vida nueva, del corte con el pasado y por esto el primer día de los ácimos se tenía que sacar de la casa toda la levadura vieja para indicar que se dejaba atrás una mentalidad que es la de los esclavos para transformarse en un pueblo libre, para entrar en una novedad de vida.  Es la exhortación de Pablo de dejar atrás la mentalidad del mundo, la mentalidad del pecado, con todo lo que de alguna manera puede hacer que nuestra vida sea corruptible: un pan leudado se echa a perder mucho más fácilmente que el pan ácimo, pero nosotros somos ya “ácimos” en la sinceridad y en la verdad (Cfr. 1 Cor 5,7) Ya somos esta masa nueva que es Cristo, que es la verdad de la vida, esa divino humanidad que es la humanidad vivida al modo de Dios.
El Levítico en el capítulo 23 nos recuerda que el primer día después del sábado –de los siete días de los ácimos- se celebraba el rito de llevar la primera gavilla de grano recogido en el campo al sacerdote que lo levantaba en alto y lo agitaba para expresar la gratitud a Dios por la nueva vida. Esta gavilla se llamaba la primera de las primicias de la vida.
En el año de la Pascua de Cristo esta fiesta de las gavillas, esta liturgia después del sábado, cae justo en el día de la resurrección de Cristo. “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1 Cor 15,23). Cristo es esta primicia, esta humanidad nueva vivida por Dios como Hijo, humanidad que sobrepasa la muerte, que ya hace parte de la nueva creación, que ya hace parte del santuario verdadero y ya no es vulnerable a la levadura vieja, al veneno del pecado, a la tentación, a la muerte, pero es la primicia. Él ha resucitado como primicia, después resucitarán todos los que son suyos, los que son de Él.
Hay muchos paralelismos con la entrada de Cristo a Jerusalén: las mismas palabras, las mismas frases para ayudarnos a entender que en este marco pascual, en esta cena que será la institución de la Pascua, se encerrará el verdadero paso que es el paso a la Jerusalén celeste, al santuario verdadero, al Reino, al eschaton. Este es el verdadero corte con el pasado, con la levadura vieja.  Es la primicia de la resurrección, de una humanidad resucitada que puede entrar en el reino, puede entrar en la plaza de oro porque ya no es de la carne y de la sangre de este mundo.  Esta gran riqueza del paso a un pan nuevo; si ha perdido este sentido en la grande e insuperable distancia que se ha dado entre la eucaristía y la teología que quería expresarla, que, aun queriendo poner el acento sobre la presencia de Dios, no ha logrado insertarla en una visión trinitaria, de comunión, de Iglesia, cerrando el horizonte sobre una relación individual, la eucaristía, en cambio, es la superación del yo individual y es la afirmación de la persona en su sentido teológico, como entretejida en un organismo, en un cuerpo cuya primicia es Cristo. 
El Concilio Vaticano nos invita a reapropiarnos del misterio de la eucaristía porque ella es la vida de la Iglesia, es la articulación de su vida en su interior: nosotros somos lo que somos en la eucaristía que para nosotros es un alimento que nutre al hombre para esta gran novedad que Dios ha realizado para nosotros en Cristo, para este nuestro injerto en la novedad de Cristo. Este paso, este injerto, se da con el alimento y la bebida, no es suficiente contemplar, admirar, adorar.
La Eucaristía nos involucra en este acontecimiento único en el cual se ha dado este paso.  Nos coloca allí, como pueblo de Dios, entretejido en este organismo hecho de muchas moradas que es su Cuerpo, mientras estamos en camino hacia el cumplimiento.  Esto ha de ser recuperado. De aquí se comienza.
Aquí se abre la dimensión eclesial, el Cuerpo de Cristo, su vida, el cáliz, el paso nos ha creado de nuevo, nos ha regenerado, nos ha resucitado como su Esposa, como el Cuerpo del cual Él es la cabeza. La Eucaristía es la vida y el Cuerpo de nuestro Señor, pero también es todo lo que es Cristo con su Cuerpo, con su Esposa, que somos nosotros, la Iglesia.  Es el lugar donde se hunde la tentación, que siempre queda al acecho, de la levadura vieja, de la nostalgia de la esclavitud, las cosas viejas y no resueltas, las venganzas, el perdón no otorgado, no recibido, las heridas que sangran, huelen mal y se transforman en los anteojos a través de los cuales nos vemos a nosotros mismos y a los otros, la historia y todo lo demás…
La Eucaristía es la medicina que cura, sana y nutre con todo lo que es, incluso la Iglesia, en una riqueza de alimento del Cuerpo de Cristo, de su vida filial, y por lo tanto de la vida de hermanos y hermanas.
P. Marko Ivan Rupnik
 

sábado, 26 de mayo de 2018


Santísima Trinidad               Año B                                                                  Mt 28,16-20

La primera fiesta que se celebra después de Pentecostés es la de la Santísima Trinidad que no contempla un acontecimiento determinado en la historia de la salvación sino toda la obra de la salvación que revela el misterio de la verdad sobre Dios.
En la primera lectura Moisés reitera que nunca se había oído que un pueblo haya oído la voz de Dios o que Dios se haya elegido una nación y se haya comunicado con ella.  “Este Señor que es Dios allá en los cielos y aquí en la tierra” ha dado a su pueblo unos mandatos para regular las relaciones hacia Dios, entre ellos, hacia la tierra o sea hacia el espacio y también hacia el tiempo que está marcado por este nuevo orden. Toda la vida está marcada por esta centralidad de Dios.
Esta centralidad poco a poco ha sido escondida por la centralidad de la ley y del sujeto que la tiene que poner en práctica reduciendo a Dios a una realidad normativa para el hombre: entre el estado real del hombre y el ideal de la norma hay un espacio enorme que crea una zona de miedo y esclavitud.  La relación fundante termina en una grave decadencia y Cristo se enfrentará de manera trágica justamente con esta humanidad hija de la ley que le hace frente hasta su misma condena.
Pablo en la carta a los Romanos dice que nosotros no hemos recibido un Espíritu que nos hace esclavos sino hijos. Y este Espíritu, en Cristo, según Pablo cambia radicalmente la relación entre el hombre y Dios.  Nosotros, en el Hijo, recibiendo el mismo Espíritu, llegamos a ser hijos, tenemos una vida filial. Dios Padre nos dona efectivamente, realmente, la misma vida que él sopla, dona, genera en el Hijo.
Este Espíritu que nos hace hijos es el mismo Espíritu que resucitado a Jesús de entre los muertos (Rm 8,11), el Espíritu que el Padre nos ha dado en el Hijo es el Espíritu vivido como una vida vivida como don de uno mismo, porque todo el que se dona muere, pero el Espíritu atestigua que esta vida articulada sobre el modelo pascual una vez muerta, resucita.  La vida del cristiano está marcada por el ser bautismal, cada día se muere y cada día se resucita si se vive con el epicentro en esta vida de hijo, se juega entre una vida que lucha para defenderse a sí misma, el yo ligado a la sique de un cuerpo destinado a la muerte o una vida donde nos hemos identificado a nosotros mismos con un yo que conoce al Padre –por lo tanto, un yo filial- un yo ligado a la sangre y al cuerpo de Cristo que muere y resucita.  Este es el discernimiento en la vida de cada día del bautizado.  Cada mañana hay que acoger de nuevo la identidad dentro del yo: un yo individual, biológico o un yo eclesial, como diría Zizioulas. De esto se trata y parte de la verdad de la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en una unidad de la naturaleza de Dios poseída por las huellas personales y diversas de la paternidad, de la filiación y de la señoría de la comunión, esa koinonía que es la peculiaridad del Espíritu Santo.
Afirmar la unidad de Dios afirmando la unidad de la naturaleza abre el camino hacia un pensar abstracto y hacia un Dios impersonal que no es Padre. Y así ha terminado la modernidad, con un Dios impersonal que nos hace esclavos. De hecho, una consecuencia de la modernidad es un racionalismo que produce moralismo y que juntos suscitan el rechazo de un Dios de esa manera abriendo el triunfo del individuo.  Es lógico en verdad que si las tres Personas divinas son expresión de esta naturaleza se transforman en tres individuos y no en una comunión de las personas.
Pero el “yo” del Hijo no es simplemente la naturaleza divina, porque Cristo no emerge de la naturaleza divina, sino que es generado por el Padre, el “yo” del Hijo es una naturaleza divina que el hijo posee íntegramente como hijo y que por lo tanto ha sido hecha filial.
Así el Padre y así el Espíritu Santo, cada uno posee íntegramente la naturaleza divina, cada uno según su Persona. El Hijo es íntegramente filial y por lo tanto cuando se revela y realiza a sí mismo revela al Padre porque revela la filiación.
Esta es la existencia de Dios, uno habita en el otro. El “yo” de Cristo hade ver al Padre, y en esto el Hijo se realiza a sí mismo en plenitud. (Cfr. Jn 14, 16.17)
Habitar en el otro, esta es la existencia divina, cada uno se realiza a sí mismo cuando hace surgir el otro y esta es la vida de Dios que nos es participada, esto es lo que sucede a los hombres cuando Dios nos ama, nos hace entrar en esta existencia y nos promete: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). En esta vida divina nos sumergimos en el bautismo. Por esto Cristo enfatiza que se comienza con la vida, con el bautismo.
Dios habita en el hombre, pero no como en una especie de sagrario y que por lo tanto tiene que ser digno, moralmente perfecto.  Dios habita en el hombre con la vida como inclusión del otro, como comunión de las personas. Lo que verdaderamente cuenta es hacer surgir entre nosotros la vida recibida porque esta vida es la luz que ilumina, que hace nuevo un pensamiento, permite un nuevo modo de ver, una nueva manera de considerarse uno al otro, un nuevo modo de mirar la historia.  Estos son los frutos de una vida que es sinergia con el Espíritu Santo y que tiene el sello de la comunión, impreso a través de la historia de muchos caminos, de muchas heridas, pero que encuentra su estilo en el Cuerpo de Cristo.
Para nosotros la presencia de Dios significa la comunión de las personas y si Dios habita en mí esto se ve en mi eclesialidad, en mi arte de la comunión.  Aquella que me abre al Rostro y ve el Rostro en los rostros, de quien se entrega a sí mismo para ser con los otros, de quien no ocupa el espacio a los otros porque vive dentro de los otros, de uno que no pide para sí, uno que se goza en ver a los otros, uno que come con los otros, pero no goza en el manjar sino en el rostro de quien tiene enfrente.
Esta es la comunión, esta es la vida de Dios, la que nos abre el Espíritu, como don del Padre que nos hace hijos en el Hijo.
P. Marko Ivan Rupnik






jueves, 17 de mayo de 2018

Domingo de Pentecostés


Pentecostés – Año B                                                     Jn 15,26-27; 16,12-15

Pentecostés se inserta sobre la fiesta de Pentecostés hebraica, fiesta de agradecimiento por el don de la ley.  Ahora en cambio se recibe el Espíritu Santo que nos hace capaces de cumplir lo que Dios pide.  La Ley no puede dar la vida (Cfr. Gal 3,21) por eso no puede redimir verdaderamente (Cfr. Gal 2,16).  Mientras el Espíritu Santo “es el Señor que da la vida”, la de Dios para poder vivir según Dios.
La promesa de la venida del Espíritu Santo está ligada, después de que Cristo ha resucitado, a la creación del hombre nuevo, al cumplimiento de la creación como redención.
La vida recibida está dentro del marco del testimonio, prácticamente es un único acontecimiento, la misma cosa, se trata de dar gloria al Padre, hacer surgir dentro de nuestra vida el rostro del Padre, su amor, lo mismo que ha hecho el Hijo Jesucristo.  En Él nosotros hemos recibida el aliento (la respiración) del Padre, él es la nueva lay, la del Espíritu Santo, la que crea el corazón nuevo, la que hace nuevo al hombre.  Llegamos a ser verdaderamente nuevos porque tenemos el aliento del Padre.  El mismo aliento que hace vivir al Hijo y que viene del Padre nos hace vivir a nosotros: tenemos la vida del Hijo.
El Evangelio dice que es el Espíritu de la verdad.  Esta es la vida engendrada por el Padre.  Es la vida transmitida, la vida entregada, recibida.  Es el espíritu de la filiación.  La fe nos hace descubrir que somos engendrados y que recibimos la vida.  “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10) y la misma fe es el arte de transmitir esta vida.  No se trata de trasmitir la fe sino de transmitir la vida, una vida que se entiende como amor, una vida que se revela como amor, como participación en vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y por lo tanto se revela como comunión.  Porque lo que se participa y lo que es participado es esta vida de comunión.
El Espíritu de la verdad es el que nosotros recibimos, lo que nos hace hombres en la verdad porque no hablará por sí mismo sino toma de lo que es de Cristo y lo anuncia (Cfr. Jn 16, 13-14).  La verdad coincide con Dios y Dios es el amor. Por esto la verdad se expresa en la comunión, teniendo en cuenta el otro.  Vladimir Solov’ëv afirma que entender la verdad personalmente como tener razón significa desautorizar la verdad, porque se aísla la verdad en un ideal separándola de la vida.  Es el pecado que separa y que ha hecho falso al hombre. Y esto se reconoce en sus obras (Cfr. Gen 11, 1-9) donde el sujeto unilateral es el yo, yo haré, yo llegaré, yo llegaré a ser.  El hombre falso atribuye un valor absoluto a sí mismo y no logra verlo en el otro y menos aún logra dar un valor absoluto a Aquel que es la fuente de la vida porque cree que ese lugar lo ocupa él. El hombre verdadero es el que sabe que la vida viene del Padre porque la ha acogido “A los que lo han acogido les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).
Añade “Os anunciará las cosas futuras” (Jn 16,13).  Otra posible traducción sería “interpretará lo que tiene que suceder”, o sea que este Espíritu nos hará ver cuál es el fin, la última etapa, el epílogo de una vida filial, nos hará verla unidad de los dos mundos, hará visible lo que es Cristo, que ha pasado de la vida en su humanidad de carne a su humanidad de gloria, como Resucitado.  Nos lleva a una dimensión escatológica, a un cumplimiento de quien vive como hijo.  En este sentido – sobre el modo de interpretar que nos dan los padres de Alejandría- comprendemos también la frase relativa al testimonio “porque habéis estado conmigo desde el principio”.  Esto no se lo puede entender como inicio ni entender cronológicamente sino como haber participado en su vida en la carne y ahora en su gloria. O sea el Espíritu filial, la vida filial, la vida que viene del Padre se vive en la carne y lleva la carne más allá de la muerte.
La resurrección es nuestra vida como vida íntegra. Los gnosticismos de todos los tiempos buscan separar la carne y el Espíritu, de hacer ver el Espíritu independiente del cuerpo.  La exageración moralista ha producido inevitablemente el efecto péndulo, un vitalismo pagano que quiere separar el espíritu del cuerpo, donde mi identidad no está ligada al cuerpo.
Lo que soy como persona en el Espíritu Santo lo vivo en mi realidad humana, en la carne.  La persona se manifiesta y se realiza en su naturaleza.  Esto nos enseña la cristología de los padres. No se puede despreciar la realidad corporal, no se puede separar.  El Espíritu Santo se nos da en nuestra carne, para poder vivir nosotros mismos como don del amor, o sea por la transfiguración de nuestra realidad.  El Espíritu Santo nos capacita para cumplir el mandamiento que el Padre ha dado al Hijo de vivir la vida como ofrenda porque esta vida esta es la vida eterna (Cfr. Jn 12,49-50; Jn 10,17-18) y hace pasar nuestro cuerpo corruptible de aquí a la gloria del Padre, al cuerpo de gloria.
P. Marko Ivan Rupnik



jueves, 10 de mayo de 2018


Ascensión          Año B                                                                                      Mc 16,15-20

La Ascensión, Jesús que sube al cielo y lleva al Padre la humanidad que ha unido a Él con la encarnación y en el Evangelio de hoy se pone en estrecha relación con la misión que entrega a los once: “Cuando sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32) y la promesa se cumple con el don del Espíritu cuando Cristo muere en la cruz.  Cristo Resucitado es el Cristo crucificado, el Hijo del hombre que después de la Resurrección vuelve a Galilea porque ese es el lugar de la vida concreta, de la vida cotidiana para releerla a la luz de la resurrección.  Las apariciones han mostrado este nuevo modo de vivir que es propio sólo de la vida de Dios
La existencia de Dios es trinitaria, en comunión. Su gloria es la manifestación de este ágape, de este amor en la historia que se convierte así en la fuerza que trasfigura la historia herida por el mal y por el pecado.  En el Evangelio de Marcos la Ascensión de Cristo está ligada estrechamente a la misión de la Iglesia.  Esta se constituye alrededor del creer, y se da justamente después que los apóstoles son reprendidos por su incredulidad.  En la primera lectura de hoy la misión de la Iglesia se explicita como testimonio y este se realiza con la venida del Espíritu Santo.
Vemos que el camino de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo muerto y resucitado, vive en la historia, por la venida del Espíritu Santo, dando igual importancia al Hijo y al Espíritu Santo.  De hecho, no es posible dar testimonio del Hijo sin que nuestra humanidad manifieste un modo de existir que es el modo según el Hijo de Dios, o sea de relación, hacia el Padre y hacia los hermanos. Pero esto es obra del Espíritu Santo porque es el Señor del modo de la existencia divina que es amor y que es comunión. Es el Espíritu Santo que nos capacita para una vida como comunión porque derrama en nuestros corazones el amor de Dios Padre (Rom 5,5)
Si se rompe esta dinámica del Hijo y del Espíritu Santo –como de hecho nuestra historia atestigua- habiendo dado en un cierto tiempo la prevalencia a Cristo, olvidando lentamente el Espíritu Santo –entonces la misión de la Iglesia se puede encontrar en una dificultad siempre mayor porque puede transformarse en una gran quehacer, un continuo hablar, organizar y sin embargo a través de todo esto no se da la manifestación del amor del Padre (Cfr. Mt 5,16)
Lo que no logra aparecer en esta visión no equilibrada es exactamente la verdadera novedad de la Iglesia, que es manera de existir en comunión. Se necesitará de verdad mucho tiempo para que nuestra mentalidad vuelva a tener familiaridad con el Espíritu Santo así como parece tenerla con Cristo.  Pero sin el Espíritu Santo no se entiende la señoría de Cristo ni su filiación con el Padre ni el asumir la humanidad. La misión de la Iglesia tiene sus raíces en la experiencia de la comunión filial con el Padre
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles se da testimonio, como pone en evidencia algún exégeta contemporáneo, que la comida de la cual se habla se refiere a la eucaristía.  Es en la comida eucarística que Cristo se manifiesta y habla a su Iglesia. Y este hablar no es simplemente una enseñanza abstracta sino una manifestación de un modo de ver desde el haber llegado a la meta hacia la historia y no viceversa.
Nosotros tenemos de este modo algo que decir al mundo justamente porque por medio del Espíritu Santo, en Cristo vivimos nuestro cumplimiento (Haber llegado a la meta) y el cumplimiento del mundo en el amor del Padre. De este modo se pueden comprender los cinco signos que Marcos enumera: “Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán». (Mc 16,17-18).  Fue el Espíritu Santo que llevó Cristo al desierto, donde resistió al tentador y es sólo con la fuerza del Espíritu Santo que los discípulos podrán permanecer en Cristo y arrojarán los pensamientos y las tentaciones que el demonio insinuará a la Iglesia para no tener este mentalidad nueva sino que quisiera afirmarse como algo nuevo que sin embargo usa los modos antiguos. No se trata aquí simplemente de pensar en los exorcismos o de inventar las lenguas sino de tener una novedad que es tan poderosa como para ser creadora y alejar la mentalidad del mundo antiguo, del mundo que no conoce al Padre.  La Iglesia será creadora si ya no tendrá miedo al mundo porque está embebida de la sangre que es el fármaco de la vida eterna.  No nos contagiamos del mundo ni lo condenamos, justamente porque no se tiene miedo se puede hacer el anuncio e inundar de vida nueva el mundo.
Como ya estamos en Cristo ante el Padre, nos comportamos en este mundo de acuerdo con esto, sabiendo que lo que importa, lo que tiene peso es lo que somos en Cristo.
Esto es lo que sucede en cada Eucaristía, nosotros estamos en el pan y en el cáliz de nuestra ofrenda, con la venida del Espíritu Santo nos transformamos en el Cuerpo de Cristo o sea la Iglesia y llegamos, por Cristo, con Cristo y en Cristo, a dar gloria al Padre.
P. Marko Ivan Rupnik