sábado, 31 de marzo de 2018


Domingo de Pascua                Año B                                                          Jn 20,1-9

El evangelio de Pascua comienza diciendo que “era el primer día” (Jn 20,1).  De hecho es el primer día de la nueva creación, el Octavo Día donde todo se hace uno, todo es contemporáneo, todo está abierto a todo, todo de compenetra con todo
Es un poco extraño que se diga que era de mañana y que todavía estaba oscuro.
Es evidente la concordancia con el Cantar de los Cantares, la esposa que toda la noche busca al amado (Cf Ct 3,1-2).  Aquí María Magdalena va al sepulcro, en un clima de amor que corresponde ciertamente a la nueva creación, pero a pesar de su generosidad y de su amor todavía no ha llegado a la madurez pascual, todavía quisiera retener al Amado (Cf Ct 3,4).  La piedra quitada del sepulcro no la lleva enseguida a la vida, a una liberación sino a la muerte, piensa que alguien se lo haya llevado.  María no entiende todavía que la piedra ha sido removida para nosotros, a fin de que veamos que el Señor ya ha pasado.  Su Pascua-Éxodo está cumplida.  Aquel que vive su vida en el Amor del Padre, o sea como don de sí, pasa a través del velo que se rasga y entra en el Santuario del Padre (Cfr. Heb 10,20).  De hecho durante 40 días aparecerá para enseñar y para manifestar a los discípulos como es la humanidad glorificada por el Padre en el Hijo.
Al anuncio de la Magdalena Pedro y Juan comienzan a correr, prácticamente entre el mercado y el pretorio, por lo tanto en una zona peligrosa.  Continúa esta comparación que encontramos cinco veces en el evangelio de Juan, entre Pedro y “el otro discípulo” (Jn 18,16; 20, 2-8) “el que Jesús amaba” (Jn 13,23; 20,2; 21,7; 21,20) o “el amigo del Señor” (Jn 3,29; 11,3.11) No se dice el nombre, lo que quiere decir que es un discípulo representativo, en quien todos podemos reconocernos, es el discípulo por excelencia después de la Pascua, el que tiene un amor semejante al de Cristo, o sea que no tiene temor por sí mismo.  Juan de hecho lo ha seguido hasta dentro del Pretorio (Cfr. Jn 18,15) sin temor. Él es verdaderamente el hombre que razona según el ágape y por lo tanto la tradición lo representa sobre el corazón de Cristo, porque razona con el corazón.  Razona con el mismo amor con el cual es amado (Cfr. Jn 15,12).  Es por esto que siempre vence a Pedro, porque Pedro todavía después de la última cena no se ha fiado del Señor, siempre tiene entre manos una solución propia (Cfr. Jn 18,10)
Pero es el amor que llega siempre primero.  Juan mira dentro y ve las vendas bien dispuestas allí, como flojas, caídas como si el cuerpo se hubiese “evaporado”.  Estaban dobladas de la misma manera como se preparaba el tálamo. Y esto es importante porque cuando Cristo fue sepultado José de Arimatea toma una cantidad enorme de mirra y de áloe -100 libras- que son 30 o 40 Kg ·esencias que no se usan para el muerto, sino para perfumar el vestido del esposo (Cfr. Pr 7,17; Ct 3,6; 5,1; Sl 45,9)
José de Arimatea con esta cantidad exagerada muestra el cumplimiento del amor, de las bodas para el Esposo.
Las vendas eran más bien telas, “keriasis” eran las vendas usadas para Lázaro, (Jn 11,44) mientras aquí se habla de “otonia” que es propiamente una sábana matrimonial, larga cuatro metros.  En esta sábana fue envuelto Cristo, ajustado tras veces con un lazo a los pies, al costado y al cuello.  Como el cuerpo se ha ido sin mover la sábana, este cayó, se “desinfló” y queda como si fuese preparado el lecho.
Por lo tanto esto llama la atención, nos acercamos al Cantar, María Magdalena, Juan que es el amigo, todo crea un clima de amor absoluto. Y justamente porque ama, Juan llega primero, mira, ve el tálamo y espera a Pedro.
Pedro llega, entra y observa: todavía no entiende. Observa pero no entiende.  Entra Juan, vio y creyó. Se adhiere. A qué cosa? Es obvio, no lo han robado. No era posible.  Era imposible deshacer el envoltorio y después dejar todo en su lugar, ordenado, ahí dentro, arreglar todo y a la vez dejar todo atado.  El amor le hace intuir que Cristo ha pasado a otra existencia.  Como había dicho. Su humanidad vive ahora plenamente en la Gloria de Dios, ha pasado a otro modo de existencia.  La muerte no ha tenido la última palabra.  Esto es ciertamente lo que Juan creyó. Porque lo dice en su carta muy bien: “Lo que era al principio…nosotros hemos tocado… eso os lo anunciamos” (Cfr. 1 Jn 1,1-2).  Cristo es la vida, quien tiene al Hijo tiene la vida eterna (Cfr. 1 Jn 5,12).
Justamente porque el Señor ha resucitado ha llegado a ser un Cuerpo con muchas moradas (Jn 14,2), un Cuerpo al cual somos incorporados.  La Pascua de Cristo es por lo tanto para nosotros, a través de los gestos de amor, a través de una vida vivida como don de sí, el ingreso en el Santuario del Padre.
Este paso nosotros lo celebramos y vivimos en cada Eucaristía donde nuestro pan –que encierra nuestra vida- se convierte en ofrenda, por medio del Espíritu Santo manifiesta el Cuerpo de Cristo convirtiéndose en un don total que el Padre recoge en su Gloria.
P. Marko Ivan Rupnik



viernes, 23 de marzo de 2018

Domingo de Ramos




Domingo de Ramos                                                           Fil 2,6-11
                                                                             
Partimos del texto de la carta a los Filipenses, intensamente cristológico y por lo tanto óptimo fondo para la reflexión de la liturgia de hoy.
Al comienzo del versículo 6 Pablo crea una antítesis entre la forma de Dios (morphē theou) y la forma del siervo (morphē doulou). El término “morphē” se usa solo aquí, dos veces, pero sólo en este pasaje.
Habría podido usar la palabra doxa, gloria, y expresar que Él es la gloria de Dios, la manifestación de Dios, pero esto sólo aparecerá al final del himno, cuando Cristo es aclamado litúrgicamente como la gloria de Dios Padre.
Pablo no usa siquiera la palabra eikon, icono, imagen, porque este es un término que dondequiera aparece tiene una acepción estática, nos recuerda algo estable.  Morphè en cambio es una palabra que ya en sí misma anuncia un dinamismo (Cfr. Fil 2,7), en griego indica dinamismo, no es algo estático, sino que cambia. Pablo en 2 Cor 3,18 dice que nosotros seremos transformados –usa la raíz “morphē” y por lo tanto expresa un dinamismo, un paso –en la imagen, o sea en el icono, algo estable, el modo (la forma) de existir de Cristo como Hijo de Dios ya incluye la acogida del ser hombre. En este pasaje hay una dramática “kénosis”, un despojo de la forma de Dios como gloria y un asumir una forma de existir como siervo, pero siempre como Hijo de Dios. Cristo como hombre no vive su condición divina a su favor, como atestiguan muy bien los relatos de las tentaciones en el desierto (Cfr. Lc 4, 1-13) sino que vive su filiación y su divinidad a favor del hombre, a favor de la humanidad que él ha asumido.” Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9).  Este pasaje kenótico en el cual Cristo se humilla y el hombre se enriquece lo cumple porque así se lo ha mandado el Padre.  Es totalmente uno con el Padre (Cfr. Jn 10,30), más bien El hará todo de esa manera para que “el mundo sepa que yo amo al Padre y hago lo que el Padre me ha mandado” (Jn 14,31).  Su amor filial lo lleva a ser “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8). Renuncia a la condición de Dios según Dios, y vive la condición de Dios según los hombres. Obedecer quiere decir confiar en el otro, el epicentro de la relación está en el otro. Adán creyó al tentador, se convenció que no obedecer quiere decir vivir y se descubrió envenenado por la muerte. Ahora el Hijo de Dios obedece para morir y así poder encontrar a Adán muerto porque sólo de esta manera Adán puede recuperar la vida. Cristo obedece porque está totalmente entregado al Padre y esta relación volverá a dar la vida a Adán que pensaba salvarse así mismo no obedeciendo.  Obedecer para Adán era morir, el miedo a la muerte lo empujaba a salvarse a sí mismo y salvarse a sí mismo significaba no obedecer a Dios sino creer en un propio proyecto de llegar a ser (Cfr. Gen 3,5 –serás, llegarán a ser). El tentador logró convencer a Adán que si vive con Dios, Dios le impedirá “llegar a ser”.  Entonces te tienes que afirmar y exaltar a ti mismo.  En cambio en Cristo vemos que es el Padre que lo exalta (Fil 2,9). No sólo esto, sino el que vive la vida como don de sí en una relación de amor del Hijo no puede ser matado, no puede ser destruido. “Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla». (Jn 10,18).
No es Cristo que se exalta, Pablo es muy preciso en el uso de los términos, el Hijo “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte” (Fil 2,8). Por esto entonces la humillación es obra del Hijo mientras que la exaltación es obra del Padre (Cfr. 2,9). Por esto la humillación es la forma activa del Hijo, la exaltación es pasiva.
Cuando un hombre se exalta a sí mismo realiza un suicidio espiritual, pierde la vida que quiere afirmar (Cfr. Jn 12,25). Nosotros estamos llamados a vivir nuestra vida como don en el Hijo, como kénosis, y el epílogo de la kénosis es la acción del Padre que resucita.
En la Pasión de Cristo es interesante observar como el miedo por uno mismo juega un rol determinante. Los poderosos, ya sea en lo civil o en lo religioso, quieren matar a Cristo, pero tienen miedo del pueblo (cfr. Jn 9,22; Mc 12,12; Lc 20,19), también Pilatos (Cfr. Jn 19,18) tiene miedo, pero el miedo por uno mismo es justamente la primera consecuencia del pecado (Cfr. Gen 3,10).  El paso de la esclavitud a la libertad tiene que ver exactamente con el miedo, se es esclavo hasta que se tiene miedo.  Moisés cuando estaba delante del Mar Rojo con su pueblo y el ejército del faraón a sus espaldas y oyendo al pueblo gritar de miedo tenía como primera cosa que hacer el tranquilizar al pueblo: “No tengáis miedo!” Sed fuertes y veréis la salvación que el Señor hoy obrará para ustedes, porque los egipcios que hoy veis no los veréis nunca más!” (Ex 14,13). Durante 40 años tendrán que caminar en el desierto.
Por este motivo la espera del Mesías ha hecho surgir imaginaciones sobre las coordenadas de este mundo que puedan volver a hacer seguro el yo, que puedan reforzarlo de manera tal que aleje los miedos y poder sentirse seguros. Como bien sabemos y de muchas fuentes, esta espera se concentraba alrededor de la restauración del reino de David como una fuerte afirmación del pueblo de la alianza. También los discípulos, al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, todavía no han comprendido la novedad del Reino que Cristo realiza, ni el modo (Cfr. Hech 1,6).  Este malentendido se hace explícito cuando se escucha en el Evangelio de Marcos “Bendito el que viene en nombre del Señor!” “Bendito el Reino que viene de nuestro padre David”. Una de las palabras peor entendidas es el Reino y el Rey. “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36).  Cristo entraba en Jerusalén cabalgando un asno: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna” (Zc 9,9).
Este es el alcance fuerte y permanente de la vida espiritual de todo bautizado, entender al Mesías y la venida de su Reino según el Padre, o sea en la filiación, no de acuerdo a las expectativas síquicas de revancha según el mundo.
P. Marko Ivan Rupnik
 

jueves, 15 de marzo de 2018

V Domingo de Cuaresma


V Domingo de Cuaresma - Año B                                   Jn 12.20-33

Para entender bien el Evangelio de hoy, es necesario enmarcarlo en lo que viene inmediatamente antes, es decir, la resurrección de Lázaro y la entrada triunfal en Jerusalén. Estamos en la línea divisoria de las dos grandes partes del Evangelio de Juan, las señales y la gloria. La culminación es Marta que confiesa la verdadera fe en Cristo: ella en un hombre, en el Maestro, descubre al Hijo de Dios. Esta es la contemplación verdadera, ver una realidad más profunda.
Precisamente de esto se trata. El pasaje de la entrada a Jerusalén puede dar lugar fácilmente a una incomprensión total de la obra de Cristo como una mera realización de las expectativas mesiánicas que satisface aquellos que estaban esperando la restauración del reino de David. Sin embargo, esto sería una glorificación entendida en un sentido puramente humano, es decir, detenerse en la superficie, limitándose a ver lo que se quiere ver y lo que se espera ver.
En este escenario se avecinan algunos griegos, probablemente los mismos que los que se habla en los Hechos de los Apóstoles (cf. por ejemplo, Hechos 17) o sea algunos griegos que se han acercado a la fe y la religión judía, pero no están circuncidados y por lo tanto viven la religión de Abraham, es decir, la Alianza, desde el exterior. Llegaron para la Pascua, y viendo el triunfo de Cristo en Jerusalén se acercan y quieren ver.
El verbo utilizado es orao (Jn 12, 21) y no blépo, que se limitaría a un simple ver, mirar, constatar cosas. Aquí realmente se quiere enfatizar el ir más allá, buscando algo más detrás de la superficie inmediatamente perceptible. Es un verbo que se usa en algunos pasajes interesantes de los Evangelios, por ejemplo, (Cf. Mt 11,7; Lc 7:24) "¿Qué salisteis a ver en el desierto?", "Muchos quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo han visto "(cf. Lc 10,24)," ¿Qué señal nos das para que podamos ver?”(cf. Jn 6:30). Y el uso más significativo de ese verbo está en Jn 20.8 "Entonces el otro discípulo que había llegado primero a la tumba también entró, vio y creyó".
Estos griegos, prosélitos que - como vemos en los Hechos de los Apóstoles - no se dejan detener por lo que dicen los judíos sobre Cristo, siendo ellos libres de la ley y de la tradición quieren ir más allá de todo esto y esto es lo que ellos piden ver. Después Cristo habla sobre la glorificación que sucederá en la cruz cuando se cumplirá el plan del Padre y Él estará en el Padre. Porque la persona se manifiesta cuando muestra cuál es su verdadera vida, es decir, en sus relaciones. Y lo que sucede entre una persona y Dios no es perceptible para el ojo superficial.
Este más allá es precisamente la transfiguración en el monte, es el ver más allá de lo que percibimos bajo el aspecto físico, psicológico o social. Si su verdadera vida es bios, lo que en Juan es la vida del cuerpo, entonces la persona es lo que vemos en el cuerpo, y termina cuando el cuerpo termina.
Si la vida es psiché, usado aquí para decir: "El que ama su vida" (Jn 12,25), es decir, este deseo de vivir la vida biológica, la vida del mundo, todo se reduce a nuestro deseo de poder vivir bien en este mundo y este deseo está destinado a no sobrevivir, dejando así decepcionados a aquellos que han enfocado su vida sobre esta expectativa.
Pero la vida verdadera, la vida eterna es zoé, la vida como relación filial con el Padre, la comunión del Hijo con el Padre.
Para Felipe, que va a decirle a Jesús que algunos griegos lo quieren ver, Jesús da una respuesta que a primera vista no corresponde a la pregunta, pero en realidad abre el único camino del conocimiento, el camino pascual. Para conocer no existe otro camino más que el amor y el amor se vive sólo de manera pascual.  No se puede amar si no es sacrificándose.  No se puede amar si no es entregándose. La persona no es solamente el cuerpo, no está sujeta al cuerpo sino que se expresa con el cuerpo.  La persona tiene la capacidad de ofrecer su cuerpo. Glorificar en Juan significa que la propia vida revela la realidad del otro, lo que cuenta del otro. El Hijo del hombre será glorificado en la cruz. Por lo tanto, Jesucristo será conocido a partir de su resurrección. No sólo eso. Serán los bautizados, los resucitados que darán a conocer a Cristo. Cristo todavía hoy da fruto, son los brotes de su muerte porque el amor dura para siempre y cuando uno se ha gastado en el amor a los ojos del mundo muere, pero de hecho el amor lo hace resucitar y son muchos los que salen de las aguas bautismales, mujeres y hombres nuevos, el cuerpo de Cristo resucitado. Aquí se esconde una gran verdad sobre la misión de la Iglesia, sobre lo que es la evangelización y lo que significa hacer conocer a Cristo. Las páginas de la historia de la Iglesia son el mejor comentario sobre esta palabra del Señor. Cada vez que se ha elegido una proclamación exitosa, se ha permanecido estéril y cuando las aciones de la Iglesia se basan sobre la vida de Cristo, sobre su Pascua, la Iglesia ha sido coronada con la fecundidad. 
El Salmo 126 nos dice que los que siembran entre lágrimas cosecharán entre cantares (Crf. Sl 126,5) y esto lo saben muy bien los judíos que sembraban en todas partes y no sólo en el terreno preparado (cf. 13, 1-23, Mc 4, 1-20, Lc 10: 25-37) y también es verdad que cuando se recoge el fruto se goza. Cuando intentas tomar la vida en tus manos y manejarla, te das cuenta de que inevitablemente vas a la muerte (cf. Is 66.24). Si eres libre frente a tu vida y dejas de ser tú el epicentro y pones a otro en primer lugar - esto es ser persona.- este amor salva tu vida de la muerte. La manifestación del hombre según Dios, es el don de sí mismo, como el grano de trigo que cae en tierra y muere. Ofrecer la propia vida, convertirse en un don total, es la gloria del hombre. Si envuelvo mi cuerpo en el amor acogiendo un rostro que me llama, el rostro Dios en el rostro del hermano, mi cuerpo será destruido pero mi persona vivirá e incluso este cuerpo volverá a la vida, a un nivel nuevo, superior, diferente. Como es diferente el brote que surge del grano de trigo. O bien la persona vive una vida que es sólo este deseo de vivir o es la acogida de una vida que se nos entrega de otra manera. Si yo pierdo esta vida por amor, la ofrezco, es entonces que la encuentro en toda su plenitud.
La vida según la naturaleza nos encierra en nuestro yo para vivir de acuerdo con la naturaleza, para salvarnos a nosotros mismos. Quien intenta salvar su vida con sus propias fuerzas, pierde su vida. La vida que el Hijo nos participa es la zoé (vida eterna) de Dios. La que se nos da es la vida que se identifica con la ofrenda de uno mismo por amor.
 P. Marko Ivan Rupnik


sábado, 10 de marzo de 2018

IV Domingo de Cuaresma


IV Domingo de Cuaresma          Año B                                                             Jn 3,14-21

Estamos en el contexto del coloquio de Jesús con Nicodemo, que dice que sabe: “Nosotros sabemos que has venido de Dios” (Jn 3,2), a lo que Cristo contesta que, para saber, hay que ver.  Pero para ver el acontecimiento del reino de Dios, hay que tener la vida de Dios, o sea que hay que tener un modo de existir según Dios.  Sólo así se pueden ver las cosas y los acontecimientos según Dios (Cfr. Jn 3,3) y esto quiere decir tener un conocimiento que nace de la participación en la vida, o sea de la experiencia.  Participar en la vida de Dios quiere decir tener la experiencia de la salvación, o sea la experiencia de que nuestra vida no puede permanecer, sobrevivir a las debilidades, las enfermedades, las injusticias, al mal, al pecado y traspasar la tumba.  Por esto Cristo trae la imagen de Moisés que levanta la serpiente de bronce para salvar al pueblo que tenía el aguijón de la muerte dentro, para decirnos que nosotros de la misma manera tenemos el veneno dentro y por lo tanto estamos caminando ya hacia la muerte. Es por esto que no podemos ni ver, ni conocer, porque todo lo que vemos y conocemos está envenenado por esta herida y por la muerte y así todo se lee en clave de salvación que nos es necesaria, que de alguna manera la tenemos que obtener. El miedo por nosotros mismos y la necesidad absoluta de salvarnos falsean nuestra lectura de las cosas, de los acontecimientos, de los otros y, sobre todo, de Dios mismo.
Es curioso el término “levantado” porque de alguna manera se refiere de modo directo al texto de Números (Num 21,4-9), pero por otro lado se entiende también en el contexto de Juan, donde aparece un par de veces. “Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo” (Jn 8,28).  Este ser levantado no será por lo tanto una auto afirmación del Hijo, sino una glorificación del Padre.  El Hijo manifestará la verdad del Padre, será un triunfo de la comunión del Padre y del Hijo.  Por lo tanto será la redención del hombre, porque este es nuestro Dios. Su manifestación es el nuevo nacimiento del hombre. Juan de hecho enfatizará que el Hijo nos entrega su Aliento: -.el Espíritu- (Cfr. Jn 19,30), que es el Señor de la misma vida de Dios, o sea el Señor de la vida como comunión, como amor.  Hace referencia a esto el mismo Hijo hablando de su muerte: “Y yo cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).  El Hijo glorifica al Padre porque haciendo pasar su Aliento a los hombres y atrayéndolos a la comunión, los presenta al Padre como hijos.  El Padre es glorificado en la filiación. Por lo tanto este subir a lo alto no es para tomar el puesto para juzgar, el Hijo no ha sido mandado para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de la entrega de sí mismo (Cfr. Jn 3,17), por medio de su entrega en nuestras manos (Cfr. Mc 9,31).  No se entrega en las manos de los justos como premio por su compromiso ejemplar, sino que se entrega en las manos de los pecadores, cuando todavía éramos sus enemigos, cuando no nos fiábamos de Él, sino que creíamos más bien en nosotros mismos (Cfr. Rm 5,7-11).
El aguijón de la muerte ha sido eliminado porque hemos recibido una vida que es inmune al pecado y a la muerte. “Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque un germen divino permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios” (1 Jn 3,9). Y “el que tiene al Hijo tiene la vida” (1 Jn 5,12). Por esto afirma que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16), Juan usa el verbo en tiempo presente.
Por consiguiente en la acogida de este don, de este Dios que se entrega en el Hijo, se realiza lo que se dijo ya en el Prólogo del evangelio de Juan: “a ustedes se les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Cfr. Jn 1,12). Es ahí que la vida de Dios pasa a nosotros.  Y la vida de Dios para Juan es la vida que es verdad, porque es la vida de una única relación inquebrantable, o sea la vida como “zoé” entre el Padre y el Hijo. Aun cuando se oscurecerá toda la tierra (se refiere a la muerte de Cristo), el único eje firme en esa hora de la tarde, será la relación entre el Padre y el Hijo.  Es así que Juan nos transmite el término “vida eterna”.  Este término que usa Juan conserva el eco de su raíz sánscrita, donde significa la fuerza vital, y en griego significaba además, vida sin edad, o sea de siempre, que no tiene edad.  No se trata de una vida que ahora es joven, después madura, envejece y muere, sino que no tiene edad, es siempre vida.
Esta vida –el amor del Padre y del Hijo- es la verdad que ilumina a todo hombre haciéndolo partícipe de esta comunión, de esta misma vida, del mismo Aliento, o sea del mismo Espíritu Santo que de “al lado de ustedes” pasa a “en ustedes” (Cfr. Jn 14,17).  Nosotros acogemos al Hijo en el bautismo.  Y es esta vida que estamos llamados a hacer crecer hasta la estatura de Cristo (Cfr. Ef 4,13), haciéndola pasar por todo lo que nosotros somos a fin de que todo se llene de Él en todos los aspectos (Cfr. Ef 1,23).
Es fácil resbalar de la fe a la religión.  El aguijón del pecado siempre sugiere que solamente nos salvamos sólo si merecemos la salvación. Entonces, en vez de acoger el don, comenzamos a elaborar ideologías y moralismos de conquista: hay que ser “buenos” para recibir lo que cada uno merece. Pero Ya Berdjaev decía que esta “bondad” del individuo (se refiere al hombre centrado en sí mismo) es el gran obstáculo al amor y por lo tanto a la fe que es la transfiguración causada por la acogida del don.
El camino de la religión es aquel que nos lleva a sentirnos justificados y por lo tanto a juzgar y a condenar al prójimo.  Se elaboran doctrinas que justifican religiosamente nuestro juicio sobre los demás.  Se piensa incluso de creer y ser de Cristo, en cambio se está solos, en la oscuridad del corazón que no tiene la luz de la vida. Incluso el Padre no juzga, sino que ha confiado el juicio al Hijo “el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo” (Jn 5,22). Él quiere atraer a todos hacia sí a fin de que nadie se pierda (Cfr. Jn 18,9). Una cierta decadencia religiosa nos vuelve duros, inmaduros y alejados de la vida de Dios, porque no nos abandonamos a la vida que nos lleva a entregarnos a nosotros mismos.
Hay que ejecutar la verdad y no sólo pensarla, o más aun estas convencidos de poseerla.  La verdad se manifiesta en nuestra humanidad que se entrega por los demás.
Por lo tanto, precisamente porque la práctica hace ver la vida, la que no está sujeta a la muerte, cuando Cristo es plenamente consciente de que ha llegado la hora de pasar al Padre, lava los pies a sus discípulos, o sea hace un gesto (Cfr. Jn 13,1-5).  Realizó la verdad.  Esta es la vida que nos hace pasar al Padre, la vida vivida como don. Y esta es la verdad.  La cuaresma es el tiempo para purificar nuestra mente a fin de que pueda pensar así y para que nuestros sentidos no se rebelen contra el amor.                                                            P. Marko Ivan Rupnik



NOTA IMPORTANTE
¿Cuál es el significado de la palabra “vida” según el Nuevo Testamento? Por ejemplo, cuando el Señor Jesús dijo en Juan 10:10: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” ¿Qué quiso decir? ¿Acaso nos quiso decir que Él nos ayudaría a llevar una vida humana mejor o que enriquecería o mejoraría nuestra vida?
Si deseamos saber lo que significa la palabra “vida” en el Nuevo Testamento, es necesario acudir a esta palabra tal y como aparece en el idioma original griego. En el idioma original griego hay tres palabras distintas para la traducción de “vida” en español: bíos, psichè, y zoé, y cada una de ellas tiene un significado distinto. He aquí algunos ejemplos donde se utiliza cada una de ellas:
1. Bíos, en Lucas 8:14: “…los afanes y las riquezas y los placeres de la vida”. Esta palabra griega se refiere a la vida física de uno y es de dónde la palabra biología proviene.
2. Psichè, en Mateo 16:25: “Porque el que quiera salvar la vida de su alma, la perderá”. La palabra griega aquí se refiere a la vida psicológica del alma, es decir, la mente, emoción y voluntad, y es de dónde obtenemos la palabra psicología.
3. Zoé, en Juan 1:4: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. La palabra griega aquí se refiere a la vida increada, eterna, la vida divina poseída exclusivamente por Dios.




viernes, 2 de marzo de 2018

III Domingo de Cuaresma




III Domingo de Cuaresma     Año B                                                              Jn 2,13-25

En el texto anterior a este, de Juan, en las Bodas de Caná (Jn 2,1-12) Cristo prácticamente ha sustituido una relación con Dios basada en la ley con una relación de amor filial, vivido y realizado en Él.  Las seis tinajas de piedra y vacías indican que una religión que se queda en una ley no consigue ya ni purificar ni dar la vida. Cristo es el verdadero esposo que con su sangre realiza la nueva y eterna alianza en Caná presentada (la alianza) con el vino, que ya en el Cantar de los Cantares es el amor.
En el texto de hoy Él hace ver que el templo de la antigua alianza es sustituido con su cuerpo.
En esa enorme explanada donde la entrada del Templo tiene 17 metros de altura, Jesús comienza a gritar, golpeando a derecha e izquierda con un pequeño látigo (Cfr. Mal 2).  Golpea a los patrones de la institución religiosa más noble y golpeándolos a ellos golpea también el poder económico que detentan haciendo del Templo también la más grande institución financiera del Medio Oriente de ese tiempo.
El término usado para decir que echa los mercaderes del Templo es el mismo usado otras veces por los sinópticos cuando Cristo echa los demonios (Cfr. Mc 1,39; Lc 11,14) y que Juan usa también para decir que el Buen Pastor saca fuera a todas las ovejas (Cfr. Jn 10,4).
Cristo comienza, verdaderamente, como Mesías, la liberación de la gente de la opresión de una institución religiosa y de una religión en la cual ya no hay nada de lo que era la alianza.  No vino a retocar y perfeccionar la Antigua Alianza, y por lo tanto no vino a elaborar en el templo un nuevo matiz del antiguo culto. Él llama al Templo la casa del Padre (Cfr. Jn 2,16) como ha hecho desde el inicio (Cfr. Lc 2,46-50). Lucas subraya que María y José no entendían lo que decía Cristo, así como los discípulos no entendieron enseguida toda la amplitud de su palabra cuando decía: “Tened fe en Dios y tened también fe en mí.  En la Casa de mi Padre hay muchas moradas, si no fuera así os lo habría dicho. Yo voy a prepararos un lugar, y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,2-3).
La diferencia es grande: en el Templo están los fieles que tienen que servir a Dios y cumplir lo que Dios manda, mientras en la Casa está el Padre que tiene bajo su cuidado a los hijos.  Esta es la inversión de las cosas, ya no una religión donde se tendrá que hacer algo por Dios, sino una morada donde será Dios que hará todo para el hombre.  De hecho, Jesús usa una palabra que no significa el templo en general, sino la parte propiamente llamada santuario, o sea el sancta sanctorum donde está la presencia de Dios, en el Arca de la Alianza, donde está el testimonio.  Este santuario que Jesús desafía a destruir es su cuerpo (Jn 2,19) y dice que lo levantará (Destruid este templo, y en tres días lo levantaré) o sea lo pondrá en pie, como encontramos en la aparición a la Magdalena (Jn 20,1-18) y en el episodio de “Talitha cum” cuando toma de la mano a la niña y la levanta (Cfr. Mc 5,41).
Es evidente por lo tanto que el Templo es Cristo, su cuerpo. En su pascua este cuerpo muere y resucita y se transforma en un cuerpo con muchas moradas. Los bautizados somos incorporados a este cuerpo y entonces si Él es el templo ya no es el hombre que peregrina hacia el templo como un lugar sagrado, sino que es Dios Padre que en su Hijo nos viene a buscar y nos lleva consigo como miembros de su Cuerpo, para que verdaderamente donde está Él estemos también nosotros.  Como su Cuerpo es la Iglesia, nosotros, como parte de esta Iglesia, somos llevados hacia el Padre.  No sólo. Estamos ya en Cristo resucitado delante del Padre, en el Santuario.  De hecho, en cada eucaristía es el sacerdocio de Cristo que nos eleva y ahí se pronuncia la verdad de nuestra peregrinación “por Cristo, con Cristo y en Cristo a ti Dios Padre...”
El cuerpo humano no es separable del hombre, es el hombre; y Dios no ha venido a destruir el hombre, sino a hacerlo vivir.  También si nosotros en muchas cosas hemos querido volver a la ley de Moisés, por Cristo las cosas son en verdad diferentes. El cuerpo humano llega a su cumplimiento llegando a ser la morada de Cristo (Cfr. Heb 3,6) y Pablo mismo usa el término “naos” para decir que somos templo de Dios (1Cor 3,16-17; 2Cor 6,16), o sea que somos sólo aquella parte donde Dios habita, nosotros somos morada de Dios. Esta es la gran novedad revelada en Cristo, que su humanidad es verdaderamente manifestación de Dios, de su amor. Y en Cristo, por tanto, nuestra realidad humana llega a ser morada de Dios. Según esta visión ya no habrá más santuarios, ni templos, porque es el hombre, con su cuerpo, con su humanidad, la habitación de Dios sobre la tierra. Esta es la divino-humanidad de Cristo.  En Él se revela el verdadero sentido de nuestra humanidad, también de nuestra corporeidad. Somos santuario de la comunión, de la vida de Dios. No se trata de buscar la perfección de la forma de nuestra corporeidad y de nuestra humanidad sino de ofrecer “nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios “(Rom 12,1).
El hombre como morada de Dios no se entiende como un espacio sagrado que requeriría una particular actitud religiosa porque en él habita una presencia sagrada.  La presencia de Dios es su vida que es en comunión y que nosotros percibimos y acogemos como vida filial.  Por este motivo el hombre es morada de Dios porque a través de su humanidad se realiza la vida como comunión donde la relación de amor que incluye al otro es la verdadera morada de Dios en la cual está llamado a morar también el hombre, en el Hijo.  Esta es la vida como Iglesia.
                               P. Marko Ivan Rupnik

viernes, 23 de febrero de 2018

II Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma      Año B                                                                       Mc 9, 2-10
“Después de seis días” podría ciertamente referirse a su anuncio de la pasión y la resurrección (Mc 31,33), pero como en el mismo anuncio de la pasión Él dice que “después de tres días resucitará” (8,31) quizás en la manera de contar los días quiere ser aún más exacto que simplemente referirse al anuncio de la Pascua, de hecho en el Evangelio de Marcos se encuentra tres veces la expresión ‘después de tres días’ y siempre se refiere a la resurrección. Pero en el Capítulo 14,1 encontramos la expresión ‘después de dos días’, que indica justamente el tiempo que pasa entre la decisión de matar a Cristo y su muerte.  El día de la muerte queda aislado como “el” día (Mc 15,33-37), por lo tanto tenemos dos días más uno y más tres. Seis días que encierran todo el misterio pascual de Cristo. Después de estos días Cristo aparece en la Transfiguración, como envuelto en la luz.  El sacrificio de sí mismo en el amor es el paso del resucitado al Padre.  Al final los apóstoles ya no ven ni a Elías ni a Moisés sino sólo Cristo en quien se cumplen la ley y los profetas. Él es quien al fin será todo en todos.
El término “metamorfosis” de hecho quiere decir ‘más allá de la forma’ y no simplemente cambiar la forma.  Quiere decir hacer ver la verdad de la persona que no está circunscrita a la forma en que la vemos, pero que está en el misterio que atrae más allá de la apariencia inmediata.  En estos seis días, o sea desde la decisión de que debe morir, su pasión, la humillante crucifixión y la muerte, la sepultura hacen ver un real fracaso. Si después además se subraya que Él tendría que ser el Salvador del pueblo y el Mesías esperado por generaciones, no es sólo su fracaso sino el derrumbe de las esperas y de las esperanzas de todos.
Cristo, en cambio, llevando a los discípulos sobre el monte quiere cambiar los puntos de vista de sus ojos, la perspectiva.  No se trata de mirar con los ojos humanos sino de ver la humanidad del Hijo con los ojos del Padre. Quien mira a Cristo sólo con los ojos humanos, aún con la imaginación de la espera del Mesías través de las generaciones no logra leer el don que Dios Padre hace en su Hijo a la humanidad.  Se trata de superar la perspectiva que tiene su origen en el hombre, o sea de la llamada tercera dimensión y de acoger la perspectiva que nos llega desde el más allá. Esta no es una perspectiva simplemente dada vuelta, sino que es una perspectiva agápica, que razona según el don de sí mismo.  La perspectiva de los deseos y de las esperas en cambio es una perspectiva que se orienta a uno mismo, o sea el sujeto quiere algo para sí, la salvación para sí.
De esta manera se centra el aspecto de preparación con el cual Cristo inicia a los Apóstoles a leer la lógica de la comunión, de filiación, a través de la cual también la humanidad será vivida por el Hijo a la manera de Dios. De hecho, después de la Transfiguración, en los capítulos sucesivos, el evangelista propone de manera radical un vuelco de la lógica. El Mesías no es uno que ha venido para satisfacer las necesidades inmediatas de nuestra naturaleza humana precaria, herida, que busca salvarse, sino que vino para donar a los hombres un modo de vivir la propia naturaleza humana, o sea la propia humanidad de modo filial.
Por lo tanto, en cierto sentido hay que estar de acuerdo con el gran Gregorio Palamas que junto con algunos Padres sostiene que el milagro que se dio en la mirada de los Apóstoles es que al fin podían ver cómo es la humanidad cuando se vive como hijo. Ellos son los destinatarios de la transfiguración, los que logran ver que en este valle quien se entrega y se deja moldear es el que pierde, sobre el monte es el Cordero triunfante que en el Apocalipsis (5,6) Juan describirá como la única fuente de luz de la Jerusalén celestial. 
El Salmo 104,2 describe el Señor “envuelto de luz como de un manto”. El color blanco que ningún hombre de esta tierra es capaz de fabricar corresponde al color de la gloria de Dios en el Apocalipsis.  El Apocalipsis que es el libro de los colores indica el blanco como el color de la manifestación de Dios en el cumplimiento de la historia (20,11; 14,14).  El color blanco del trono de Dios, o sea su poder y su gloria revisten a los que en la historia han actuado y vivido según la lógica filial, relacional, agápica, o sea según la perspectiva del monte. “Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás." Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos.”(Ap 7,13-15)
De aquí se ve claro que el protagonista de la vida del hombre no es el hombre sino la relación, es el amor que transfigura nuestra humanidad.  Cristo no se ha transfigurado, sino que fue transfigurado.  No se trata de plasmarnos a nosotros mismos según una forma vencedora, según la moda del momento sino dejarse amar por Aquel cuya sangre hace blanca nuestra humanidad, o sea manifestación de la gloria de Dios, de su amor, lugar de su presencia y revelación.  Cuando siendo amados se ama, nuestra humanidad se transfigura y se hace teofánica.

P. Marko Ivan Rupnik

viernes, 16 de febrero de 2018

I Domingo de Cuaresma


I Domingo de Cuaresma     Año B                                                                                                                               Mc 1,12-15


Estos pocos versículos son los que Marcos reserva para las tentaciones de Jesús, pero con algunos detalles que resultan muy iluminadores.
Jesús es llevado al desierto por el Espíritu, por esto el desierto está en el proyecto de Dios; no es un mal que llega necesariamente y hay que soportar , sino que está dentro de la visión de Dios. Es por tanto un buen signo si somos tentados, como decían muchos padres, quiere decir que estamos vivos espiritualmente y se nos asegura de alguna manera que estamos en el camino justo, en el camino del Señor y que estamos cerca de Él.
El participio pasivo presente que se usa aquí para decir que Jesús era tentado –y que no es correcto desde el punto de vista gramatical- se encuentra en otros textos de la Sagrada Escritura cuando se quiere expresar una acción que dura permanentemente o sea en este caso el hecho de que Cristo fue tentado, quiere revelar que esta es la realidad del hombre espiritual.
No deja de tener su importancia también esta imagen celestial de Jesús en medio de las fieras y los ángeles que recuerda un poco el Edén, el inicio de la humanidad: cómo fue tentado el hombre al comienzo así también Cristo de alguna manera en este escenario podría recordarnos esos tiempos originarios en donde la humanidad toma conciencia de sí misma de manera dramática justamente a través de la tentación.
Este colocar a Cristo Hijo de Dios que es verdadero hombre entre las bestias salvajes y los ángeles pone en evidencia que el verdadero hombre no vive según la naturaleza sino según el amor filial. Y que los ángeles, que son creación en relación y también personal son una ayuda para la existencia filial del hombre. El desierto es el lugar que hace sentir todas las necesidades de la naturaleza, también de la naturaleza humana. Es fácil pensar y reaccionar de acuerdo a las demandas de la naturaleza que son apremiantes y no dejan libre a la persona.  La tentación es justamente la prueba de esto: someter a la persona a las necesidades de la naturaleza, a sus leyes inmutables, incluso empujando al hombre a servirse de las fuerzas invisibles de la creación para satisfacer las necesidades de su naturaleza.  Usar Dios a favor de la propia naturaleza en vez de llegar a la comunión personal de amor con Él.  La carta a los Hebreos, en el tercer capítulo, cita el Salmo 95: “"No endurezcan sus corazones como en Meribá, como en el día de Masa en el desierto, .allí me desafiaron sus padres y me tentaron, aunque habían visto mis obras".
En el Capítulo 17 del Éxodo se describe en qué han puesto a prueba al Señor. Dios está haciendo de ese pueblo un pueblo libre mientras ellos lloran por lo que su naturaleza percibe como una apremiante necesidad que no es satisfecha. Dios los está educando para vivir a la escucha de su Palabra o sea vivir en relación con Él, de elegir caminar con Él, y ellos reaccionan según las necesidades de la naturaleza pidiendo el agua y los alimentos, sin embargo ellos han visto las obras que Dios cumplía a favor de ellos de modo que tuvieran siempre todo lo necesario para continuar el camino.
Este es de hecho el escenario de la lucha en el camino espiritual.  Olvidar las gracias recibidas, olvidar la filiación recibida y comenzar a seguir un razonamiento según alguna necesidad de la naturaleza que se apoya sobre el yo, aislado, individual, que se siente amenazado y por lo tanto tiene que afirmarse.  El tentador usa nuestra naturaleza como palanca para hacernos caer.  Después de haber llegado a ser hijos volver a ser esclavos de nosotros mismos. En realidad la palabra Satanás quiere decir justamente esto. Una de las primeras veces que encontramos esta palabra es en 1 Sam 29,4, donde así se lo llama a David (... los príncipes de los filisteos se irritaron contra él y le dijeron: "Manda regresar a ese hombre (David) y que se vuelva al lugar que le señalaste. Que no baje con nosotros a la batalla, no sea que se convierta en nuestro adversario durante la lucha).  David se ubica en la parte posterior de las filas filisteas y el comandante filisteo dice que, aunque parece ser un amigo suyo, hay que sacarlo no sea que durante la batalla él se revele como Satanás o sea el adversario que desde golpea atrás, desde la espalda.  Y Satanás puede actuar a través de las personas como aparece en diversos pasajes del nuevo testamento. Ver en Mc 10,33 donde habla por boca de Pedro: “Porque tú no hablas según Dios, sino según los hombres”, o sea no hablas desde la relación filial con Dios sino como un hombre aislado y sujeto a una mentalidad según la naturaleza, o sea según la autoafirmación, o sea según el suceso, el poder, la fuerza, el camino fácil, etc.
Hoy nuestra mentalidad está permanentemente tentada a través de una preocupación por nosotros mismos según la naturaleza.  Son pocas las cosas que confirman al hombre en la creencia que la relación es la verdadera ontología de la persona y que esta se realiza en el único amor que es el mismo hacia Dios, hacia los hombres e incluso hacia la creación. El hecho de que los ángeles asistían a Jesús nos lleva a darnos cuenta de que hay toda una creación invisible, un mundo auténticamente espiritual, o sea que existe en relación, creado por Dios para que sea un mundo amigo del hombre.
Este podría ser un camino interesante para la cuaresma, o sea comenzar a sensibilizarnos de la existencia de un mundo invisible con el que contamos poco, sobre el cual conocemos poco y al cual la mayoría de las veces estamos desatentos y ni siquiera lo recordamos.
También porque la cuaresma es el tiempo que nos prepara a la Pascua, lo que significa que para ver la pasión, la crucifixión hay que tener una mentalidad agápica, en relación, de amor filial porque caso contrario rehusamos pensar que este es el lugar de la verdad y de la revelación suprema de Dios y del hombre. Por esto hay que trabajar sobre la mentalidad. “Conviértanse y crean en el evangelio” “metanoia” ir más allá de nuestra mentalidad y pensar según el amor de Dios Padre confiándonos a Él.  Pero hay que trabajar también sobre los sentidos a fin de que viendo la pasión de Cristo no se rebelen sino que sean capaces de reconocer el amor.
P. Marko Ivan Rupnik